Si leer es uno de los placeres –y necesidades– de la juventud, releer es uno de los placeres –y necesidades– de la madurez. Sabemos más cosas, comprendemos mejor la vida y la literatura, y tenemos la posibilidad adicional de contrastar al joven que fuimos con el adulto que somos. En ocasiones, cuando releo un libro, lo hago en el mismo ejemplar en que lo leí hace décadas; y ahí, en una edición escolar de, pongamos, una novela de Flaubert, encuentro unas cuantas anotaciones que ahora, a primera vista, me avergüenzan. Pasajes clave subrayados, exclamaciones al margen de “¡Ironía!” o “¡Símbolo!” o “¡Imagen repetida!”. Y, sin embargo, a menudo, por ingenuos y emotivos que parezcan, esos comentarios –aunque no tan explícitos– se parecen mucho a los que podría hacer varias décadas después. Aquel lector más joven no se equivocaba: allí había una ironía, un símbolo, una imagen repetida. No creo que a los sesenta y cinco años seamos lectores más inteligentes que a los veinticinco, sino solo más sutiles y capaces de hacer comparaciones con otros libros y escritores, gracias a ese extra de conocimiento y de tiempo de vida.



