La melodía, de tonalidades ligeramente bondianas, y las imágenes estilizadas que le dan forma a la secuencia de apertura de Spider-Noir no dejan lugar a duda: a diferencia de series recientes como El pingüino, que llevan al límite el concepto de realismo en el marco de un relato fantástico con súper héroes y súper villanos, la adaptación libérrima del cómic creado por David Hine y Fabrice Sapolsky –una versión alternativa del famoso humano arácnido– se juega a pleno por el pastiche cultural bien temperado. El de este Hombre Araña (o Spider-Man, según la nomenclatura contemporánea de la franquicia) es un universo marcado por las reglas y códigos temáticos y formales del cine negro clásico, ese cosmos habitado por detectives privados caídos en desgracia, mujeres fatales siempre al borde de la traición, policías corruptos y calles oscuras eternamente mojadas por lluvias torrenciales. Claro que, faltaba más, a ese combo de elementos de confort genérico se le suman aquellos otros que definen la estructura del relato superheroico, con sus criaturas dueñas de poderes especiales que suelen encarnar en pesada carga. Un anatema que, con algo de suerte, puede transformarse temporalmente en bendición.



