Taty Almeida fue parte de la familia militar. Su padre y su hermano eran oficiales del Ejército. Sus cuñados, oficiales de la Fuerza Aérea. Recurrió a los integrantes de las Fuerzas Armadas cuando el 17 de junio de 1975 desapareció su hijo Alejandro, estudiante de Medicina y militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). “Fueron los peronistas”, le dijeron. Y ella se contentó con esa explicación. El 24 de marzo de 1976, cuando los militares dieron el golpe, ella suspiró aliviada: “Ahora sí voy a recuperar a Alejandro”. No imaginó que el desgarro que sufría, por entonces, su familia se replicaría en miles de hogares argentinos. Con los años entendió que debía acercarse a otras que pasaban por lo mismo. Pero temía que “con el currículum que tenía” pensaran que era una espía. Cincuenta años después del golpe, ya como presidenta de Madres de Plaza de Mayo –Línea Fundadora, Taty sigue reclamando saber qué pasó con su hijo. “Siempre digo que no me quiero ir sin poder tocar aunque sea los huesos de Alejandro”, dice sentada en su departamento de Palermo, a metros de la cama de su hijo.