Tengo miedo de renunciar. De darme por derrotada. No derrotada como condición de necesidad para poder vencer, derrotada en una batalla final sin épica. No derrotada como los que intentaron matar al dictador en Chile en un atentado improbable, pero tan bien planificado. No derrotada como los muchachos checos que atentaron contra Himmler y por un pelo no lo mataron. Tampoco derrotada como los levantados en el gueto de Varsovia, que después de cuarenta y tres días de resistencia, se pegaron un tiro y pasaron a la historia. No derrotada como Belgrano en casi todas sus batallas, ni como los que quisieron protegernos de Videla haciendo volar el avión presidencial. Derrotada sin pena ni gloria. Una derrota como dejarse la ropa mojada para que se seque con el calor de una piel que se muere de frío. Derrotada como quien ya no sabe reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio. La derrota de irme en silencio al rincón de los que ya hicieron todo lo posible.