Resulta oportuno reiterar aquella versión corregida del axioma de Lavoisier: “Nada se pierde. Todo se transfiere”. Como consigna en este diario Raúl Dellatorre (5/07), la pérdida del sector trabajo resulta cuantificable: en los 30 meses del “milagro mileísta” fue de $93.5 billones, equivalente a 62 mil millones de dólares. A esos ingresos perdidos por los trabajadores y clases medias vía salarios, se deben agregar los recursos sustraídos a la seguridad social, las obras sociales y los sindicatos. Surge entonces el obligado interrogante: ¿dónde fue a parar esa riqueza? ¿Acaso se esfumó? ¿Existe algún oscuro lugar en que se deposita y se pierde? Nada de eso. Lo que sí existe, tras las brumas que los medios hegemónicos fabrican en su práctica diaria de ocultismos informativos; es que se la llevan las corporaciones empresarias y sus propietarios capitalistas súper millonarios. Es sabido que una buena parte se fugó a guaridas en Delaware, o a islotes caribeños administrados por bucaneros que en vez de la pata de palo y el parche en el ojo, visten ropas lujosas, disfrazados de serios y eficientes banqueros. Allí habría que buscar a los que “se esconden en las cuevas de la corrupción para volverse ricos”, como acusó el arzobispo porteño García Cuerva. Las inmoralidades del patético personaje recientemente expulsado, no debieran ocultar que los “verdaderos” son los grandes corruptores que vienen chupando de la teta del Estado desde los tiempos que siguieron a las Guerras de la Independencia: oligarquías nativas, banqueros londinenses y neoyorquinos, capitanes de la industria, grandes proveedores del Estado durante el macrismo, compradores de bienes públicos a precios de saldo como en la actualidad; todos operando desde las sombras, usando lobistas que se ocupan del trabajo sucio y el transporte de valijas. Queda claro de dónde se alimenta el arcón de la riqueza sustraída de las fuerzas productivas de nuestro país, que denominan Formación de Activos Externos (FAE), estimada en 450 mil millones de dólares. El Arzobispo no anduvo con vueltas; identificó a las víctimas del despojo: los pobres, jubilados, personas con discapacidad, adolescentes víctimas del negocio narco; todos “heridos del camino de la vida”. Finalmente reivindicó “el diálogo, la justicia social, la honestidad innegociable, el sueño colectivo”, convocando a responder a las esperanzas del pueblo, ajeno a las discusiones internas alejadas de la realidad de los dirigentes. El Presidente debió escuchar impávido la alocución arzobispal.