
La apelación de la condena de la expresidenta ante un comité de la ONU y un proyecto para reestructurar el préstamo del FMI devuelve oxígeno a los Kirchner. La fortaleza de la candidatura de Kicillof, amenazada por silencios e indefiniciones programáticas. La necesidad postergada de “jugar en varios tableros a la vez”
Hace largo tiempo —años— que Axel Kicillof y quienes acompañan su proyecto presidencial leen que los movimientos que inspira Cristina están centralmente destinados a restarles poder y proyección. A “limarlos”, como habla la política. En el último bienio, esa percepción alcanzó otra escala.
Voces muy influyentes en el gobierno provincial están convencidas de que el eje Instituto Patria-La Cámpora —hoy domiciliado en San José 1111— apuesta a perder las elecciones presidenciales del año próximo, como forma de preservar centralidad en el espectro político. La tesis indica que otro período ultraderechista, con la prolongación de una oposición disgregada y cacofónica, y la autoridad moral que dan la “proscripción” y el recuerdo nostalgioso de “los doce años”, resulta más tentador para Cristina que ser testigo de un nuevo liderazgo en el peronismo.
El demorado paso de la expresidenta, anunciado esta semana, de apelar la condena a seis años de prisión e inhabilitación política ante instancias internacionales se inscribe bajo el mismo prisma para el universo kicillofista. Ministros bonaerenses, estrategas y dirigentes territoriales interpretan que la denuncia de Cristina ante el Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas por la persecución perpetrada por los tribunales federales es legítima, pero obedece al objetivo de dominar la escena opositora y, consecuentemente, obturar al gobernador. Nadie en el peronismo deja de ver el proceso contra Cristina como un caso agudo de lawfare, pero en La Plata analizan el tiempo elegido y el virtual anuncio de una candidatura a un tercer mandato presidencial como otro peldaño en la estrategia anti-Kicillof.
“No nos cambia nada”, fue una respuesta repetida esta semana en la gobernación bonaerense.
Como se lea, la apelación ante el Comité de la ONU pone la discusión en un terreno distinto, y combina con otra acción de Cristina y Máximo que rompe la inercia de una rutina internista agobiante. El diputado encabezó un proyecto de ley para renegociar y reencuadrar los dos monumentales préstamos del FMI concedidos en 2018 y 2025. Ambos movimientos —la apelación ante la ONU y el proyecto sobre la deuda— configuran un marco de discusión en el que el piloto automático de Kicillof parece insuficiente.
Principio de realidad
El grado de convencimiento de axelistas puros y kicillofistas tácticos sobre el antagonismo con los Kirchner como motor de acción política en el año preelectoral se apoya en un principio de realidad. El cristinismo ortodoxo ya dejó claro de todas las formas posibles que Kicillof no es su candidato, a menos que firme un pliego de condiciones, sin enmiendas.
Uno de los principales estrategas del gobernador describe un patrón cíclico. Primero parten misiles directos de voces autorizadas por la expresidenta —Teresa García, Facundo Tignanelli, Mayra Mendoza—, que cuestionan una foto, una ausencia, un dicho, un silencio y, en el fondo, la lealtad y la idoneidad de Kicillof. Las elipsis sobre “traición” son cada vez menos sutiles y la palabra se desliza sin inhibiciones en redes o en boca de dirigentes de segunda y tercera línea.
Voces muy influyentes en La Plata están convencidas de que el eje Instituto Patria-La Cámpora —hoy domiciliado en San José 1111— apuesta a perder las elecciones presidenciales del año próximo
En una variación, Máximo refuerza el concepto ante cada micrófono que se le cruza, enumera el estratega. El diputado suele dar curso a una definición que reafirma el futuro con Cristina en el centro. Por experiencia, liderazgo, capacidad y generosidad, la expresidenta —entiende su hijo— es el único factor de cohesión del peronismo. Si no es ella —porque está “proscripta” o porque simplemente no quiere—, debe ser alguien a quien le transfiera su capital simbólico, sin alterar la jefatura. La visita abnegada al departamento donde cumple prisión domiciliaria es un rito ineludible.
El tercer paso del ciclo es la manifestación de desconocer por completo por qué Kicillof está enojado.
Axel Kicillof, en un acto en homenaje a Evita, en una plaza de La Plata, el 28 de julio de 2026
No hace falta que el gobernador, sus ministros, varios intendentes, su grupo de origen surgido de la Facultad de Ciencias Económicas y los peronistas sueltos que se suben al barco poscristinista elucubren demasiado sobre los objetivos de San José 1111. Los escuchó el propio Kicillof el 1 de octubre de 2025, en el living del segundo piso de ese domicilio de Constitución. El encuentro selló un punto de no retorno y se ahorró, por decoro, el recuerdo de una foto.
Si la primera convicción del mundo Kicillof es que el mundo Cristina le juega en contra, la segunda es que un “acuerdo” al estilo de los que ungieron a Alberto Fernández y Sergio Massa es la peor estrategia posible. Kicillof quiere dejar claro ante el universo que su postulación presidencial no tiene jefatura externa, lo que equivale a decir que está dispuesto —y hasta prefiere— confrontar. El alcance de la confrontación incluye la no negociación, ni con los Kirchner ni con Massa, de la candidatura a la gobernación bonaerense o a la vicepresidencia.
Una persona que dialoga a diario con el gobernador suelta dos frases inequívocas:
- “Lo mejor que nos puede pasar es que nos ataquen y nos digan traidores. Es todo ganancia”.
- “Contra Cristina, contra Massa apoyado por Cristina, contra un gobernador, contra quien sea. No le tenemos miedo a las PASO en ningún estamento”.
Otra persona que también pesa en la cúpula del proyecto kicillofista deja una tercera frase:
- “El axelismo, a veces, es medio corto. Está confiado porque llegó hasta acá, pero ahora debería saber jugar en varios tableros al mismo tiempo, y no sabe”.
La crítica expresa una mirada de figuras de prosapia peronista en el armado de Kicillof sobre el grupo “puro” para quienes el gobernador es “Axel”, y que en gran parte proviene de los años jóvenes de izquierda prekirchnerista. El primus inter pares de ellos es Carlos “Carli” Bianco.
Máximo Kirchner, en un acto junto a organizaciones de base en La Rioja capital, el 31 de julio de 2026
Apenas comenzó el segundo mandato bonaerense, en 2023, con Javier Milei en la presidencia y los puentes cortados con Máximo, Kicillof se abocó a un paciente ajedrez de aproximación a gobernadores y dirigencias provinciales, objetivo de primer orden para un peronista impuro, catalogado como “soviético” por detractores, que era visto en el interior como un alfil de Cristina, con base electoral circunscripta al Gran Buenos Aires y el principado “progre”.
Además de encuentros más o menos públicos con intendentes de varias provincias, Kicillof mantiene canales abiertos con gobernadores que han sido tan solícitos con Milei como el cordobés Martín Llaryora, el catamarqueño Raúl Jalil, el tucumano Osvaldo Jaldo o el misionero Osvaldo Passalacqua. Sonará bien o mal, pero esa ventana de acuerdos potenciales da cuenta de la decisión de dar pelea en 2027.
El cuestionamiento bastante extendido entre los propios kicillofistas a la falta de juego “en varios tableros a la vez” radica en la dificultad de concretar aquella promesa de “nuevas melodías”, que parece haber envejecido antes de que al menos un estribillo se hiciera conocido.
Kicillof se abocó a un paciente ajedrez de aproximación a gobernadores y dirigencias provinciales, objetivo de primer orden para un peronista impuro, que era visto en el interior como un alfil de Cristina, con base electoral circunscripta al Gran Buenos Aires y el principado “progre”
Vaso lleno, vaso vacío
Kicillof llegó donde no esperaban rivales y enemigos, pero en la antesala de la carrera presidencial, no logra salir de la mera descripción de los estragos causados por la motosierra ultraderechista. Adolece de agenda propia que ponga al resto a hablar de él, no opina sobre realidades puntuales fuera de la provincia que gobierna, rara vez participa de los temas que irrumpen en la “conversación pública” —sea la ola antiargentina, los desmanes de Donald Trump o la xenofobia del Soez—, no genera lazos afectivos en barrios populares de Salta o Neuquén, no innova con enemigos ni amigos inesperados. ¿Podrá hacerlo? Está por verse, pero cuenta con el privilegio de habilitarse la pregunta, una exclusividad en el espectro político fuera de Milei, Cristina y, eventualmente, Patricia Bullrich.
A esta altura, ya resulta inexplicable la falta de definiciones de Kicillof sobre temas tan acuciantes —y sobre los que las dos últimas experiencias peronistas (2011-2015, 2019-2023) dejaron tantas cuentas pendientes— como la forma en que se recuperarán los ingresos reales de trabajadores y jubilados, diezmados por los liberales más terraplanistas del mundo. O mediante qué pasos concretos el concepto “Estado presente” se traduciría en acceso a la salud, la vivienda y la educación, para evitar que las familias salgan a buscar “soluciones privadas”. ¿Cuál es la vía para que la protección de la industria textil no redunde en exorbitantes precios de la indumentaria? ¿Es necesario regresar al esquema de tarifas de servicios públicos que sean un cuarto del promedio de América Latina? ¿Cuál es el camino para revitalizar un mercado laboral estancado o directamente en derrumbe bajo experimentos liberales? ¿De qué forma una encuesta seria que apunte una victoria de Kicillof podría no disparar una corrida cambiaria que condicione buena parte del próximo mandato? ¿Hay un camino para garantizar un ingreso jubilatorio digno para todos los adultos mayores, sin que ello genere un déficit fiscal inmanejable, paso previo a desequilibrios tortuosos y profetas de soluciones fascistoides?
El estratega antes mencionado alude con acierto a una dinámica que marcó el ascenso político de Kicillof, hasta transformarlo en el desafío interno más importante que enfrentaron los Kirchner. Desde la pospandemia, la expresidenta y su hijo actuaron en reacción ante movimientos de Kicillof que eran vistos como inadmisibles e indignantes. Con decisiones trabajadas artesanalmente con decenas de jefes territoriales bonaerenses y silencios passive-aggressive ante estiletazos de Mayra o Tignanelli, el gobernador se apoderó de la iniciativa.
¿No cambia nada?
La presentación ante la ONU puede disparar otra dinámica. En primer lugar, porque “tematiza” una agenda en la que Kicillof no tiene mucho más que manifestar que su acuerdo con el reclamo, porque cree que, en efecto, el proceso contra la expresidenta, llevado a cabo por jueces y fiscales amigos de Mauricio Macri, es injusto y proscriptivo. Quizás, al calor de la pelea por venir, en algún momento Kicillof deba responder qué piensa realmente del manejo de la obra pública en los añorados doce años y del crecimiento patrimonial del ejemplar empresario y socio Lázaro Báez. De eso tampoco se habla.
Cristina Fernández de Kirchner, al salir a declarar en la Causa Cuadernos, el 17 de marzo de 2026, última vez que salió de su domicilio en San José 1111
En cualquier caso, la estrategia judicial internacional le brinda a Cristina un amplio terreno para exponer sobre magistrados que jugaban al pádel en Olivos y la Corte Suprema más denigrante para la democracia desde 1983. Vendrán comunicaciones desde Naciones Unidas, pedidos de informes y, eventualmente, una cautelar que restituya los derechos políticos a Cristina. Difícil, pero probable. El estruendo sería inmenso. Las personas que integran la Corte se pondrán en leguleyos para negar que la decisión del Comité es vinculante para el derecho argentino. Las pantallas de LN+, TN y A24 dispararán llamaradas. El relator de Radio Mitre y adulador favorito de Milei se quedará con menos voz que en el feo relato del gol de Enzo Fernández contra Inglaterra. Ocurra lo que ocurriere, la centralidad podría volver a la silenciosa Cristina a meses o semanas de la elección presidencial. No da la sensación de que “no cambie nada”.
El proyecto sobre la reestructuración de la deuda con el FMI es probablemente la acción más inteligente de Máximo Kirchner en varios años. El contenido de la iniciativa es audaz, causa rechazo en ciertos ámbitos promercado, pero no es revolucionario. Se propone extender los plazos de pago de la deuda asumida por Luis Caputo en dos precisos golpes (US$44.500 millones en 2018 y US$20.000 millones el año pasado) hasta 30 años, reducir tasas y limitar la discrecionalidad del Poder Ejecutivo para agregar ceros a la deuda externa argentina sin pasar por el Congreso. A tal punto el proyecto no puede ser etiquetado de revolucionario, que voces del riñón del mercado financiero conciben que una deuda tan voluminosa con un único acreedor privilegiado —el FMI— representa una distorsión invalidante, tanto para la recuperación de la economía como para el retorno del país al crédito internacional.
Más allá del discutible plano económico, la puntada más precisa del proyecto elaborado por Máximo y suscripto por el presidente de la bancada peronista, Germán Martínez, y una veintena de diputados que responden a Massa, Grabois y gobernadores provinciales se da en el terreno político.
La iniciativa sale de la agotadora senda de erosión a Kicillof y el recuerdo de los doce años. Aborda un aspecto medular para el próximo gobierno, cualquiera sea, y acierta en el tiempo político.
A diferencia del verano de 2022, cuando Máximo, jefe del bloque oficialista de Alberto Fernández, se levantó de buenas a primeras contra la renegociación del acuerdo con el FMI que llevaba adelante Martín Guzmán, a semanas de un vencimiento que ponía al país en default, esta vez el proyecto es hecho público un año antes de las elecciones presidenciales, con las candidaturas por definir. Aquello de cuatro años atrás fue una huida de la responsabilidad de gobierno; el nuevo texto es una acción legítima de un opositor que aspira a administrar el país.
En condiciones normales, el peronismo entero podría asumir el proyecto como un pilar de su acción política y la campaña electoral.
Kicillof no se pronunció al respecto.
SL
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