Un lugar donde la pasemos bien todos

El Kuelgue presentó Díscolo en el Movistar Arena con un show que fue mucho más que la presentación de un nuevo disco: música, humor, improvisación y una puesta en escena de gran escala para una banda que, después de años de recorrido, dejó de ser una promesa y empieza a marcar su propia huella en la escena argentina.

El Kuelgue dejó hace muchos años de ser una novedad y, sin embargo, en cada una de sus apariciones —que los llevaron a girar por todo el mundo—, tienen algo nuevo para contar, para contar, para mostrar. “El juego y el boludeo es algo que acompaña al proyecto desde las letras, la improvisación en el estudio y es algo que intentamos trasladar al vivo”, explicará más tarde Julián Kartún, este pibe con pinta de amigo de todos con talento y carisma que le brota por los poros.

Se ríen. Hacen reír. Son un grupo de pibitos que están jugando a pasarla bien. Lo mismo en cada show. No los conoce nadie, pero cuando los vemos parece eso: están disfrutando. Pasa el tiempo. Suenan más fuerte, suenan más lindo, juegan en serio. Se divierten. Se ríen. La pasan bien. Y así, en loop.


Estuve a punto de caer en la tentación de decir que había visto a El Kuelgue presentando su nuevo disco en el Movistar Arena, pero rápidamente me di cuenta que no solo habían presentado un disco en el más estricto sentido de la experiencia musical, sino que su bautismo en los escenarios fue una producción artística en donde la puesta en escena jugó un papel protagónico.

Cuando se apagaron las luces del Movistar Arena, ese nuevo centro neurálgico musical que alguna ostentó el Luna Park, una caravana de almas dejó por un par de horas las frustraciones de los días grises y se entregó por completo a una experiencia artística: la presentación de Díscolo, el nuevo álbum de la banda. Pero hay que hacer una salvedad: lo que pasó no fue solo la presentación de un disco, sino una puesta en escena a la altura de esas megaproducciones que solemos ver siempre a larga distancia, mención especial para León Greco, que fue el responsable de que, pasados los días, siga recordando los detalles del momento. «Teníamos la idea de recrear un carrusel, buscar esa estética de cajita musical, caballo de calesita… Y desde el vestuario también se acompañó esa idea. Y creo que suma muchísimo a un show en lugares como estos», cuenta Kartun.


Ahí estaban, ya crecidos, el mismo grupo de pibitos que alguna vez vi teloneando a Paul McCartney en La Plata, haciendo del culto a la amistad, al boludeo y a la guitarrita contagiosa un estilo de vida que, hay que decirlo, es la única teoría del derrame que se cumple en estos tiempos. Porque cuando El Kuelgue suena en vivo, su alegría se multiplica entre el público. Y en tiempos donde la risa escasea, eso es un gran valor agregado.

Podría centrarme en lo estrictamente musical. Porque sí, estuvo Zoe Gottuso cantando Carta para no llorar —ya debería estar en planta permanente Zoe—, y también hubo momentos para los delirios a los que Kartún tiene acostumbrado a su público; jugaron a que en un momento todos se cagaran de la risa diciendo que les cuesta todo cinco lucas y lo devaluada que quedó la queja de Parque Acuático.


También aparecieron guiños para cruzar generaciones enteras de música, aunque Julián aclare: “Es algo que se a da naturalmente, son las bandas que nos marcaron”. Por eso hubo un momento de guitarra y voz entre Kartún y el talentosísimo Benja López Barrios para hacer cantar Spaghetti del rock a todo el público. O una versión sin voces de Todo un palo, que, con la muerte del Indio tan a mano, conmueve en cada acorde. También estuvieron Abel Pintos cantando Cactus, de Gustavo Cerati y Piti Fernández, de Las Pastillas del Abuelo, haciendo delirar a todos con el himno de Sumo Los viejos vinagres.

Lo cierto es que hay algo que dejó hace un tiempo largo de ser una promesa, un quizás, un parece que… El Kuelgue comienza a formar parte de una escena musical con identidad propia: ya no se busca en ellos ver como quiénes suenan, sino que empiezan a aparecer bandas con cositas del Kuelgue. Y por eso, es probable que en algunos años, en algún intervalo, algún grupo de otros pibes o pibas se ponga a jugar con versiones de otras bandas que fueron marcando la escena y, por qué no, se pongan a pasar por el repertorio de este grupo de amigos surgido en Villa Crespo que, Díscolo mediante, hacen del surco de su huella algo cada vez más notorio.