Una isla puede ser todo un mundo, un jirón (¿o Girón?) arrancado a contramano, contrariante de lo indigno. Una isla puede -ha podido- desaislarnos de las desolaciones mayores que gobiernan lo humano, testimoniar resistencia. Una isla puede discutir con su mismísima existencia toda la distribución de centros y periferias. Una isla puede -ha podido- cambiar el mapa, horadar hegemonías.



