
El ahogo presupuestario y la pérdida del poder adquisitivo de los docentes no solo deterioran sus condiciones de vida: también reducen el tiempo de preparación de las clases, afectan el aprendizaje y empujan a estudiantes a abandonar sus carreras. La defensa de la universidad pública no puede apoyarse solo en su prestigio histórico. Es necesario reconocer la crisis que atraviesa.
Desde que empezaron las marchas universitarias que pienso en una verdad incómoda, de esas que algunos piensan que deberían quedar en nuestras conversaciones privadas, pero que yo creo que definitivamente debería ser parte del debate: hablo de la decadencia de la universidad pública. Por alguna razón, me da la sensación de que en muchos círculos que frecuento hay menos pudor para hablar de lo mal que están las escuelas primarias y secundarias que para nombrar con claridad los problemas que el ahogo presupuestario y la crisis económica más en general producen en el nivel universitario. Cuando hablamos de la escuela se entiende que es absolutamente lógico que la decadencia produzca decadencia. Que un docente que tiene que trabajar en cuatro escuelas, viajar dos horas por día en tres medios de transporte distintos y dar clases sin materiales didácticos porque no hay plata para comprarlos (en general es plata que ponen los docentes de su bolsillo) no solamente la pasa peor, sino que da peores clases. Que los días de paro no son solamente incómodos para la planificación familiar sino que interfieren en la continuidad pedagógica, en la posibilidad concreta de enseñar un tema y evaluarlo. Que las múltiples situaciones que se descontrolan en un aula complican el aprendizaje de todos, sobre todo cuando hay pocos recursos humanos e instituciones para atenderlas. Nada de esto es controvertido.
Y sin embargo, cuando hablamos de la universidad pública, pareciera que lo único que se puede decir es que es “de excelencia”. Que sigue siendo la mejor a pesar de “todo”; que todavía funciona como instrumento de ascenso social. Existe incluso ese discurso que mira con cierta nostalgia romántica lo de “cursar en el piso”, supongo que porque extrañan el cuerpo joven que podía pasar 6 horas sentado en el piso y después tomarse un colectivo para ir a bailar. Pero vuelvo a lo de la excelencia: es como si la universidad pública no fuera, para algunos, sobre todo para los adultos que cursaron hace mucho, una institución real y usada por personas reales, como un hospital o un CGP, sino una entelequia o un símbolo. El recuerdo de una idea de país pujante, o al menos, de país normal.
Creo que este idealismo burgués (robando una frase con la que Silvia Delfino, una de las mejores profesoras que tuve en Puan, tachaba párrafos enteros de parciales domiciliarios) es nocivo para la conversación pública. Puede parecer una defensa necesaria contra libertarios de internet, o incluso contra los libertarios que trabajan en el gobierno, pero pienso que le quita urgencia al reclamo: parecería que los docentes reclamamos mejores salarios porque los necesitamos para vivir (que no es poco, por supuesto) y no para enseñar. Parecería que, en el caso del universidad, la desfinanciación es un problema solo para los que trabajamos en ella, y no para los que asisten; como si la única consecuencia para los estudiantes fueran “los paros”.
Entiendo esta diferencia con la escuela primaria; no creo que sea todo hipocresía. Los estudiantes universitarios son adultos; sus padres no están tan pendientes de lo que hacen en la facultad como de lo que hacen los chicos en la escuela. Las escuelas son un eterno problema de los padres; la universidad lo es mucho menos. Para quien no trabaja cerca del mundo académico, la universidad desaparece del mundo una vez que se gradúa; ni siquiera llega aparecer en el universo de muchísima gente, de hecho. Hace unos días, en un grupo de WhatsApp de una de las universidades públicas en las que trabajo, un colega escribió que estaba derrumbado. Que trabaja en tres universidades distintas, que no puede más, que la sensación es que a nadie le importa y nada va para ningún lado; que ya no puede pensar en ninguna salida, solo en la frustración y la angustia.
Doy clases en dos universidades públicas hace ya muchos años; en la Universidad Nacional de las Artes, en la carrera de Artes de la Escritura, y en la carrera de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, en el área de Filosofía del Derecho. No pienso que estas carreras necesiten que todos sus profesores sean full time; de hecho pienso que hay ciertas disciplinas (como la escritura, o el derecho) que se benefician de que haya profesionales y no solo académicos en su planta docente. Así y todo, veo que me pasa algo que les pasa a todos los demás, incluso a los que investigan y tienen intención de dedicarse por entero a la academia: el ingreso que percibo como docente es una fracción cada vez más pequeña de mi ingreso total. Gano, con un cargo de JTP y varios años de antigüedad, poco más de 200 mil pesos en la UNA (en Derecho gano algo así como la mitad de eso porque comparto la cursada con una colega). A medida que los salarios en la universidad se fueron estancando nos pasó lo mismo a todos: las horas son las mismas, el cargo es el mismo, pero la plata es cada vez menos. Todos seguimos ahí por vocación, por compromiso, pero por supuesto no somos ángeles que no necesitan comer para vivir, y entonces vamos reduciendo el tiempo que le dedicamos a la universidad como podemos. Nadie deja de dar clases o de asistir: sí sé que incluso los mejores de nosotros reducimos a la mitad las horas que dedicamos a preparar las clases. Sé que incluso los mejores de nosotros reciclamos la cursada año a año, que por 200 mil pesos al mes nadie tiene tiempo de sentarse 3 meses a leer y preparar textos nuevos. Sé que incluso los mejores de nosotros pensamos estrategias para evaluar sin tener que agregarle a las horas semanales de cursada demasiadas horas de corrección. No es mala voluntad: no tenemos esas horas. Tenemos que dedicarlas a actividades de que den un poco más de dinero. Por 200 mil pesos al mes no podemos tratar a la educación universitaria más que como un hobby que nos sale caro, que no recupera lo que pagamos en transporte y en niñera. Sería absurdo pensar que esto no repercute en la calidad de la educación que damos. Sería ridículo fingir que entre este estado de ánimo entre el desgano y la depresión en el que tenemos que ir a clases, los estudiantes no van también desganándose y deprimiéndose. Por supuesto, los primeros estudiantes que se hartan de nuestro cansancio y se van son los que también están cansados: los que trabajan cada vez más, los que realmente no tienen resto mental para organizar su cursada cuando los paros que hacemos con justicia desorganizan todo. Supongo que lo único que intento modestamente con estas líneas es decir que si alguien cree que el problema de la universidad es meramente estético o simbólico, que la excelencia de la universidad pública queda intacta e impoluta a pesar del abandono y la malaria, esa persona actúa con mala fe o está profundamente equivocada. Hoy, así como estamos, el problema educativo en el nivel universitario es tan grave como en los niveles primario y secundario; si se nota menos es porque a los chicos les prestamos más atención que a los grandes, y porque a la universidad, así como están las cosas, llega cada vez menos gente.
TT/MG



