Para nosotros, los varones nacidos en los sesenta y los setenta, las mujeres eran un misterio, o un mito, o un problema. De chiquitos nos habían enseñado que había que respetarlas, una aclaración extraña porque sin pensarlo demasiado nos dábamos cuenta de que quizá no había que respetarlas tanto, o había que respetar a algunas, las respetables, las que valía la pena respetar. Y las demás, las mujeres de por ahí, las desconocidas que andaban por la calle, y las que parecían no tener eso que se llamaba “pudor” podían ser tratadas de otra forma, de cualquier forma a lo mejor. Y así crecimos.