
La pobreza en el conurbano no se reduce a la falta de ingresos: atraviesa la alimentación, el acceso a servicios, el tiempo de ocio y hasta las posibilidades de sostener una vida familiar digna. La historia de Verónica y sus hijos muestra, en escenas cotidianas, cómo las deudas, las carencias y el esfuerzo por llegar a fin de mes conviven con la necesidad de encontrar espacios de disfrute.
Cualquiera que se acerque a la experiencia de la pobreza en el conurbano bonaerense contemporáneo se dará cuenta de que esta no es sólo falta de ingresos y deudas. Ser pobre es vivir en lugares más violentos, tener que esperar largas horas en un hospital y en una oficina del estado; es sufrir la extorsión del policía y la amenaza del traficante de la esquina; es vivir en una calle que se inunda con frecuencia; experimentar cortes de luz más prolongados y pasar entre basura porque la recolección es poco usual; es beber el agua y caminar en un suelo más contaminados. La pobreza no es sólo una condición objetiva capturada por indicadores oficiales que se muestran en una línea de ingresos mínimos, sino un conjunto de enfermedades sociales y de relaciones de sometimiento.
La pobreza es también, como nos demuestra este relato, una experiencia subjetiva. Es un esfuerzo muchas veces frustrado por satisfacer las necesidades de los seres queridos más cercanos, es sentirse abrumada e impotente en el intento, es engañar al estómago, es tener que conformarse con poco y, al mismo tiempo, mantener cierta dignidad a pesar de la miseria. Es preguntarse, a veces con enojo y otras con resignación, si alguna vez cambiará la suerte.
–Mamá, ¿Me comprás unos chizitos?
–No, acá te traje una galletita de casa.
–¿Pero para qué trabajás todo el día y nunca tenés plata?
Eso le preguntó Liana a su mamá, Verónica. Estaban sentadas mirando a Jordan jugar al fútbol en la cancha del barrio. Verónica se quedó con la boca abierta. No le causo nada de gracia la ocurrencia de la pequeña Liana. Una mamá que estaba sentada a su lado se rió y dijo “Ay, mirá lo que dice…” Verónica sonrió un tanto avergonzada.
Verónica trabaja por horas limpiando casas y atendiendo en una panadería. Su marido trabaja en un frigorífico de la zona sur. Viven en un barrio pobre de la zona sur del conurbano.
Cada entrada para el partido de fútbol de Jordan cuesta 4000 pesos, “y si venimos con mi marido son 8000… por suerte los chicos no pagan…. Pero siempre piden cosas. Y aparte tengo que llevarle algo para que coman porque ahora además de Jordan empezó a jugar el más chiquitito y tienen diferencia de horario y me tengo que quedar en la cancha. Y en la cancha está todo el doble. Entonces yo tengo que llevar una botella con jugo o botella congelada y voy preparando jugos. Llevo el jugo de mate. O sea, nosotros somos grandes y nos aguantamos, pero los chicos ellos quieren comer”.
Las entradas y la comida entre partidos son algunos de los tantos gastos que Verónica tiene semanalmente y para los cuales pide prestado. A veces al almacenero, otras veces usa la tarjeta de crédito. Ya en la segunda semana del mes, comienzan a acumularse las deudas.
Según Verónica, el fútbol –los entrenamientos diarios, los partidos de los fines de semana– sirve para mantener ocupados a los hijos y evitar que “caigan en la calle”. Cualquier sacrificio –los viajes, el costo de los uniformes y los botines, etc.– es válido para evitar “las malas juntas… las drogas.” Pero el futbol es también su distracción.
“Yo todos los días los llevo a los entrenamientos. Pero a mí no me importa, yo estoy cansada, todo, no me importa, porque por ahí yo termino de trabajar justito y me voy a llevarlo (s). La cancha es nuestra salida.”
A la plaza no los lleva porque piden cosas, piden de comer, piden chizitos. “Bueno, si me sobra, sí nos vamos a la plaza, pero a la plaza nomás… al cine. ¿Sabés qué hace cuánto? Creo que la última vez que fui al cine fue hace 8 años. Ahora no vamos a ningún lado ahora, el despeje de nosotros es la cancha”.
Cuando el hermano pequeño de Jordan quiso comenzar a entrenar, Verónica entusiasmada lo anotó en el mismo club, pero pronto se arrepintió:
“No lo voy a poder llevar. Porque ahora cuando cobro tengo que pagarle el conjunto de invierno a Jordan y me sale 35.000 pesos. Las medias que me salen 6.000 […] Ahora estoy cayendo que yo también le tengo que pagar al más chico el conjunto de invierno y le tengo que comprar otros botines porque ellos usan unos botines con tapones en tierra, y otros, los otros lisitos para la otra cancha”.
Verónica es muy consciente de los gastos que le representa el futbol. Pero, insiste, “es la única salida que yo tengo con ellos. Si no tendríamos que estar encerrados acá…” Y haciéndose eco del reclamo que su hija le hiciera en la cancha dice, “Tanto trabajar, ¿y para qué? Por lo menos disfrutamos en la cancha, y es nuestra salida familiar… Y por eso tampoco quiero dejarla. No quiero decir a todo que no por la plata…. También te da lástima todo el tiempo tener que estar diciendo no, no, o contando a ver si te va a alcanzar”.
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“No me gustó que me pidiera chizitos… pero ellos entienden bastante. O sea, yo no los acostumbré a que siempre pidan, pero van creciendo y quieren jeans de marca o zapatillas de marca.”
–Mamá, me tenés que comprar un jean.
–Vos antes de preocuparte por el jean fíjate si tenés hojas en la carpeta.
Era el comienzo del año escolar. Y a los jeans nuevos que necesitaba Uma, su hija adolescente, se sumaba la cartuchera, los colores, el cuaderno y el guardapolvo de Jordan. Y zapatillas nuevas para todos. “Tuvimos que pagar las cuentas y no nos quedó nada para los útiles de la escuela.”
–A ellos les gusta cada tanto comer una golosina, y no se les puede pedir que comparta un chizito.
La más grande de sus hijas, Miriam, trabaja en una peluquería y cada tanto ayuda con los gastos cotidianos. “Ella cuando tiene, viene y dice: ”Mami, ¿qué vas a cocinar?“ Y yo le digo: ”No, lo de siempre. No sé, papas fritas o con huevo frito, o fideos con huevo, o guisito. A ella le gusta mucho el guiso de arroz amarillo. Y ella dice: ‘¿Querés que compre el jugo y compre un quesito rallado?’“
Eso es en los buenos días.
Pero en los días en que no hay dinero, “ella se da cuenta que no tengo nada para cocinar… cuando tipo 7 de la tarde hago tortas fritas y pongo la pava. Ahí le digo de tomar mate. Y le hago té a los chicos. Y ahí ella se da cuenta que yo no tengo plata para cocinar. Porque espero que sea más tardecito para que ellos estén como medio llenitos y no digan: ”Mami, ¿qué vas a cocinar?“ Eso me preocupa porque son chiquitos, tienen que comer. Pero nosotras siempre por ahí nos sentamos ahí afuera hasta tarde y tomamos mate… no comemos.”
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El hermano de Verónica también ayuda en lo que puede a la economía doméstica. Cirujea, como dice Verónica, con un amigo. “Junta cartón, botella… y lo venden.”
“La última vez, salió con un amigo y una señora de almacén les regaló una bolsa llena de patis vencidos. Él me los trajo. Yo le dije que no le iba a dar eso a los chicos. Pero se los cociné para los perros. Los herví, les puse unos fideos que le dan a mi cuñada en el comedor del barrio, unos fideos que cuando los hervís se abren y se desarman en 1500 partes. Son incomibles. No sé cómo le dan eso a la gente. Y bueno, entonces yo los hago a lo que ella me da para los perros. Pasaron unos días y ese mismo amigo le vino a pedir a mi hermano a ver si le quedaban unos patis porque él no tenía que comer. Me dijo ‘Mi amigo no tiene nada y quiere’. Te juro que a mí me dio lástima…”
Verónica pensó en darle unas pocas alitas de pollo que tenía en la congeladora. “Dios me va a dar el doble, pensé…. Pero después, al rato, estoy enojada porque por ahí, qué sé yo, los chicos vienen y me dicen, ‘Ma, ¿no me das para comer una galletita?’ Y yo me enojo porque no tengo. Y yo digo, ‘Sí, claro, Dios me va a dar el doble. ¿Cuándo me va a dar el doble?’” .
JA/MG



