El Aleph de Milei

Como en el cuento de Borges, Milei engendró su propio Aleph y lo depositó en la Ley Bases y sus efectos se despliegan ahora sobre cada dimensión de la vida nacional. Para el autor, el Presidente concentró en un solo texto el programa completo para destruir a la Argentina.

En “El Aleph”, publicado en 1945, Jorge Luis Borges imaginó un punto que contiene a todos los puntos del espacio: una esfera diminuta y tornasolada, de un brillo apenas soportable, escondida en el decimonoveno escalón del sótano de una casa de la calle Garay. Quien bajaba en la penumbra, y fijaba la mirada en ese escalón, veía el universo entero sin que nada tapara a nada: el mar y las multitudes, el amanecer y el atardecer, los espejos de la tierra, los mecanismos del amor y las transformaciones de la muerte, la sangre circulando dentro de su propio cuerpo, su propia cara.

Borges advirtió enseguida el límite del narrador: sus ojos vieron todo al mismo tiempo, pero la escritura solo pudo ofrecer una cosa después de otra, porque el lenguaje discurre en el tiempo inexorable. De esa imposibilidad nació la enumeración más célebre de nuestra literatura, ese catálogo donde las cosas más disímiles conviven sin jerarquía, unidas apenas por el vértigo de quien las contempla. Y conviene recordar el sujeto que necesitaba semejante prodigio: Carlos Argentino Daneri, poeta mediocre y de ambición total, que descendía al sótano para versificar el planeta entero sin haber salido nunca de su casa ni interactuado con la realidad.

Milei engendró su propio Aleph y lo depositó en la Ley Bases.

Como narrador de una distopía jurídica, consiguió que en un solo cuerpo normativo convivieran, sin jerarquía y sin vergüenza, la emergencia pública y la delegación de facultades constitucionales; las privatizaciones y la reorganización del Estado; Nucleoeléctrica junto a Yacimientos Carboníferos Río Turbio; Energía Argentina, Intercargo, los ferrocarriles, los corredores viales y el agua; treinta años de estabilidad tributaria, aduanera y cambiaria para las grandes inversiones junto a un período de prueba extendido de tres a seis meses y hasta un año en las empresas más pequeñas; el fondo de cese sustituyendo a la indemnización y la condonación de multas, deudas y acciones penales para quienes mantuvieron trabajadores sin registrar; la reforma de las leyes de Hidrocarburos y del Gas, la modificación del empleo público, los impuestos al tabaco y la vieja Ley 23.696 de los noventa invocada a la vez como antecedente y como coartada. Todo reunido por una misma pluma, votado en una misma noche y dirigido hacia un mismo propósito.

Pero existe una clave sustantiva.

Para ver el Aleph de la calle Garay había que bajar a un sótano, acostarse en el piso y aceptar la penumbra. Para ver el de la Ley Bases nadie necesitó un prodigio para saber lo que allí se concentraba. Quienes levantaron la mano en el recinto vieron el conjunto, o pudieron verlo, que a los efectos de la responsabilidad política significa exactamente lo mismo.

En ese Aleph quedó contenida, además, la arquitectura de la crueldad.

La emergencia administrativa, económica y financiera, prolongada en los hechos por la ausencia de una Ley de Presupuesto durante dos ejercicios consecutivos, convirtió la excepción en método de gobierno.

Bajo ese régimen, el fondo constituido con el impuesto a los combustibles líquidos pudo manejarse con tal discrecionalidad que Vialidad Nacional sufrió una caída presupuestaria del 72,5% entre 2023 y 2025, mientras apenas una cuarta parte de lo recaudado para conservar las rutas llegó efectivamente al asfalto. Y allí está también, aunque ningún artículo lo nombre, lo que todo Aleph muestra sin que nadie lo haya escrito: el investigador del CONICET que en este mismo segundo abandona la Argentina para no morirse de hambre. La ruta destruida y el científico que emigra parecen hechos separados, pero ocurren simultáneamente y nacieron de la misma decisión política.

Los efectos de la Ley Bases se despliegan ahora sobre cada dimensión de la vida nacional.

El más visible ocupa por estos días la atención de dirigentes que denuncian el deterioro de las rutas como si acabaran de descubrirlo, como si la destrucción de la infraestructura pública fuera una calamidad sobrevenida y no una consecuencia ya contenida en la ley que votaron, apoyaron o dejaron pasar mirando para otro lado.

No hay inocencia posible. Quienes acompañaron la Ley Bases tienen responsabilidad política sobre cada ruta abandonada, cada organismo desmantelado, cada trabajador desprotegido y cada científico que debe abandonar su patria. No pueden presentarse ahora como testigos escandalizados de aquello que ayudaron a producir. El desastre no comenzó cuando apareció el primer cráter en el pavimento, sino cuando levantaron la mano los levantamanos, los mandamanos y los aplaudidores de los mandamanos.

Borges cerró su cuento con una demolición. Los dueños de la confitería vecina compraron la casa de la calle Garay y la derribaron para ensanchar el negocio, y con ella desapareció el punto donde cabía el mundo. En la posdata, el narrador todavía sospecha que aquel Aleph podía ser falso. De este no cabe la misma duda: todo lo que la Ley Bases prometió contener, efectivamente lo contenía. El Aleph de Borges mostraba la creación del mundo desde el sótano de una casa porteña; el de Milei es su contracara exacta, porque concentra en un solo texto el programa completo para destruir a la Argentina, y avanza sobre la casa común con la misma lógica con que la confitería avanzó sobre el prodigio, para ampliar el local.

Hay un pecado político todavía peor que callar. Es el pecado de gritar a destiempo. Gritar cuando conviene, después de haber callado cuando era necesario poner el grito en el cielo para evitar las consecuencias que cualquier persona con información suficiente podía prever. Indignarse hoy por aquello que ayer se apoyó por acción o por omisión es exactamente lo mismo y causa la misma repugnancia.

Quienes ahora recorren las rutas destruidas con gestos de indignación no son arrepentidos, porque ni siquiera se atreven a presentarse como tales. Son responsables directos del desastre que intentan borrar sus huellas levantando la voz que debiera sonar para todos como una campana de palo. Callaron cuando había que gritar, votaron cuando había que resistir y ahora gritan para esconder que también fueron autores del Aleph de Milei.

Pocas formas de la miseria política resultan más despreciables.