Aguafuertes conurbanas II

Victoria se lastimó la mano con una barra de hierro que había sido colocada para proteger su escuela de los robos. Sus padres y la directora recorrieron tres hospitales hasta conseguir que la atendieran. Entre la falta de insumos, la saturación de las guardias y un padre obligado a irse a trabajar en medio de la emergencia, una historia mínima expone el abandono que padecen quienes viven en los márgenes del Estado.

Aguafuertes conurbanas I

“Relatos ordinarios de aventuras ordinarias,” es la expresión que eligió el sociólogo francés Pierre Bourdieu para referirse a detalles aparentemente insignificantes de la vida cotidiana –pequeños cálculos económicos, rutinas diarias, estrategias de subsistencia–. Lejos de ser triviales, en esas historias corrientes se manifiestan estructuras sociales desiguales y relaciones de poder. De allí la atención que las ciencias sociales deben prestarles a las pequeñas historias de la vida cotidiana. Lejos de ser anecdóticas, estas revelan condiciones sociales en las que las personas actúan y sienten.

Lo que sigue es un ejemplo de lo que Bourdieu tenía en mente al valorizar esos relatos como centrales para las ciencias sociales: un accidente escolar en una escuela fortificada, una recorrida por hospitales saturados, una espera interminable, un padre que debe abandonar la guardia para hacer una changa.

Esta aventura ordinaria ilumina procesos mucho más amplios: no sólo la precariedad de la vida popular y el mal funcionamiento del Estado, sino la concatenación de distintos tipos de violencias (la que ocurre en las calles y amenaza a la escuela, aquella que emerge de arreglos sociales, políticos y económicos que privan sistemáticamente a ciertos grupos del acceso a recursos, derechos y oportunidades, la que se expresa en el maltrato público).

Aporofobia es un término acuñado por la filósofa española Adela Cortina para referirse al rechazo, miedo, hostilidad y/o discriminación hacia las personas pobres o en situación de vulnerabilidad económica (áporos: sin recursos, pobre; phobos miedo, aversión). En parte, la aporofobia proviene de la ignorancia –social y políticamente producida– sobre las condiciones objetivas y experiencias subjetivas de la miseria.

Visibilizar las “aventuras ordinarias” de Victoria, su madre y padre, y la directora de una escuela primeria ubicada en una de las zonas más destituidas del conurbano sur, quizás sirva para horadar las bases sobre las que se construye cotidianamente el estigma y la aversión hacia los más necesitados.

Hace ya algunos años, la directora de escuela decidió asegurar las puertas con pesadas barras de hierro. Tomó la decisión la segunda vez que encontró a un fisura —como se llama en el barrio a los jóvenes con adicciones— durmiendo en una de las aulas. Los robos eran frecuentes; en el barrio, prácticamente todo puede comprarse y venderse, desde un inodoro hasta un pupitre escolar. Pero fue la imagen de aquel chico de apenas quince años, sucio, descuidado, hundido en un sueño del que costó despertarlo, lo que terminó de convencerla. Con el tiempo, las gruesas barras de hierro se oxidaron, pero siguieron trabando cada puerta de la escuela.

Una de esas barras, mal empotrada en una pared de cemento por la escasa profundidad del anclaje, cayó sobre la pequeña mano de Victoria, alumna de segundo grado. Ocurrió al final de la jornada escolar. Antes de volver a su casa, la niña almorzaba en la escuela cuando el pesado hierro se desplomó sobre su mano derecha.

Cuando la maestra que supervisaba el almuerzo de los cuarenta y cinco niños y niñas entró a la dirección con Victoria en brazos, el dedo índice sangrándole profusamente, la directora llamó de inmediato a la emergencia municipal y a su familia. Norma y Antonio, la madre y el padre de la nena, llegaron en menos de diez minutos. “Me la llevo al hospital”, dijo Norma. “La ambulancia no llega nunca”. Victoria no dejaba de llorar.

La directora, la niña y sus padres salieron en el auto de Antonio hacia el hospital municipal más cercano. Apenas entraron a la guardia, la recepcionista miró el dedo ensangrentado de Victoria y les advirtió: “Miren que no hay hilo para coser. Hay un baleado y otro que se cayó de la moto. Yo les diría que se vayan a otro lado”.

En sus años al frente de la escuela, la directora ya había recurrido más de una vez a ese hospital sin obtener respuesta. Por allí habían pasado alumnos accidentados, víctimas de apuñalamientos, de balaceras y de violencia doméstica. Conocedora del territorio y de las limitaciones de sus instituciones, sugirió no ir al hospital provincial más cercano sino al nuevo hospital de diagnóstico inmediato, una obra reciente del municipio que prometía atención rápida y mayor capacidad de resolución. Allí los recibió otra mala noticia. “Podemos curarle la herida, pero no hay traumatólogo y no podemos hacerle una placa. Vamos a derivarla al provincial. Tiene que verla un traumatólogo”.

Dos horas de sangrado más tarde, con la herida limpia y vendada, los cuatro llegaron a la guardia pediátrica del hospital provincial más importante de la zona. Una decena de niños y niñas esperaban ser atendidos. Apenas ingresaron, una mujer policía anunció en voz alta: “Si el suyo no es un caso grave, vuelvan otro día. El hospital está colapsado y no hay pediatras. Hay un solo traumatólogo para niños y adultos”. Días más tarde yo escucharía en ese mismo hospital a una recepcionista decirle a una mujer con dificultades para respirar que la demora era de “cuatro a seis horas”.

Esperaron algo más de dos horas para que Victoria fuera evaluada en triage. Apenas la enfermera vio el estado de su dedo, salió corriendo a buscar al único traumatólogo disponible. Antonio no llegó a enterarse allí mismo de que no había fractura ni pudo acompañar a su hija cuando, una hora más tarde, le suturaron la herida profunda. Lo habían llamado del barrio para hacer un viaje. “Tiene que aprovechar”, explicó Norma. “Vivimos de changas”.

Mientras aguardaban en la sala de espera, Norma le dijo a la directora que, dentro de todo, habían tenido suerte de llegar hasta allí. “El hospital municipal del barrio es un desastre”, comentó. “Las mujeres van a parir y se desgarran porque no las cortan, porque no hay hilo. Mi cuñada sufrió como un perro”.

JA/MG