El andar es parejo, sostenido, sin temblar ni un poquito, casi como levitando. Seres etéreos, despreocupados, de los dos lados de la pantalla que transmite los partidos del Mundial: la Selección ya clasificada y con puntaje ideal, sin sobresaltos, y la gente -al menos en lo que respecta al fútbol- fluyendo a la par. El celeste y el blanco de las camisetas y de las banderas, el de la pintura en las mejillas, en estos días pudieron contemplarse como una combinación cromática aislada, sin la habitual ansiedad, sin que se abra ese portal inevitable de confianza pero también de nervios.



