Alegría inmensa. De esas que te explotan en el corazón cuando el cuerpo es todo corazón y el corazón es una voz que no cabe en el cuerpo. Y el cuerpo corazón te late a diez mil porque los pies no saben dónde ir, la garganta no para de gritar y el alma pide pista entre el pecho y la espalda como si los pulmones no alcanzaran para respirar la felicidad que te inunda. Y entonces buscás a otros porque sabés que la cosa sigue por allí, otros que son muchos, los que están y los que no, porque en ese momento pareciera que están. Todos y todas. Somos personas. Para bien o mal, seres habitados por la pasión. Y hay que ver por donde nos lleva esa señora sin la cual la existencia sería nada. Y aquí entonces la maravilla del juego. Poner en una competencia, en una pelota, en una camiseta, ese nervio que las palabras empujaban pero no alcanzaban a expresar. Para que el drama, la tragedia, el dolor, la lucha y el éxtasis encuentren un cauce por donde fluir. Para que el tiempo se haga eternidad en un instante, para que los ojos te pregunten si es verdad lo que estás viendo. Y para reír, y para cantar, y para llorar. Esta Selección de fútbol nos está regalando los picos más altos de emoción que el deporte nos haya brindado jamás. Esa densa efusividad que se acumula conforme las cosas no salen como queríamos. Y tragás angustia, y te agarrás la cabeza, y puteás. Y de pronto: el talento, la convicción, la nobleza. O sea: ganarle así a los ingleses, nada menos. Ir perdiendo, se la están llevando, no quiere entrar, el arquero que la saca en la línea, la otra pega en el poste… Hasta que la jerarquía, el saber hacer, y la decisión ponen las cosas en su lugar. Sí, esto es el juego hecho Historia. La Recuperación. ¡Qué palabra! para este partido que hace Historia cuando la historia es que te prohíben las banderas que gritan: Las Malvinas son argentinas.



