Betina González: “Culpar a los jóvenes porque gobierna la derecha me parece peligroso”

Publicó “Un amor sin futuro”, una novela que narra una relación amorosa alejada de los estereotipos, y que está atravesada por lecturas alrededor de la belleza, el erotismo, y el deseo. Los nuevos mandatos que pesan sobre las mujeres, los vaivenes del progresismo y los riesgos que detecta en los discursos “anti-joven”.

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“No es culpa de las amigas ni del feminismo. A muchos les resulta imposible pensar en un amor ‘sin futuro’, un amor que no termine en la tierra infértil de la familia”, apunta la protagonista de esta historia y sigue: “Hay secretos que no necesitan esconderse para ser guardados. Ahora mismo estás custodiando ese umbral que solo él y vos conocen. Lo estás guardando al escribirlo. Porque no querés que sean las palabras más vulgares de la lengua las que lo alcancen.

En su reciente novela Un amor sin futuro (Tusquets, 2026), la escritora Betina González presenta una narradora que flota, que deambula, que se mueve entre sus lecturas alrededor de la belleza, el deseo y el amor y eso que le pasa cuando empieza a recibir correos electrónicos cada vez más encantadores de un joven estudiante de una de sus clases de literatura.

Con una segunda persona magnética, fragmentos de zonas ensayísticas y una prosa envolvente como el cortejo de los protagonistas, la autora indaga lúcidamente en ese magnetismo singular que se produce cuando dos personas se desean. Pero al hacerlo, lejos de quedarse en estereotipos o lugares comunes, también propone una torsión: reparar en las expectativas ajenas, en los prejuicios de clase, en los pequeños actos de rebeldía que todavía pueden llegar a florecer en un mundo cada vez más aplastante.

"Un amor sin futuro", de Betina González.

"Un amor sin futuro", de Betina González.

– En uno de los ensayos de tu libro La obligación de ser genial hacés una distinción entre el origen y el comienzo de lo que se escribe. Vos preferís hablar de “un lugar en el que el deseo encarna en atrevimiento”. ¿Tenés claro cómo fue en el caso de Un amor sin futuro?

– De alguna manera eso pasa con todos los libros: si el deseo no encarna un atrevimiento no te lanzás a escribir. Una puede estar con muchas ideas en la cabeza que tienen un atractivo narrativo o conceptual, pero si no te atrevés o si no le encontrás el ímpetu queda ahí. En esta novela sí puedo hablar del origen en otro sentido, en el sentido de cosas que a mí me impulsaron a escribirla. Cosas que me convencieron de que valía la pena que escribiera este libro y, sobre todo después, que valía la pena publicarlo. Y eso tiene que ver con las lecturas. Porque escribir una historia de amor es difícil, pareciera que está todo hecho, que está todo dicho. Y yo nunca planeé que iba a escribir una historia de amor, pero creo que me lancé cuando apareció la voz en mi cabeza y me di cuenta de que esta voz tenía un ritmo, un ímpetu que me gustaba, y que había espacio para escribir una historia de amor diferente en la forma. No en el contenido. Obviamente que el contenido es el mismo en muchas historias de amor. De hecho hay muchas historias que leí que tratan tópicamente el mismo tema, es decir, una mujer mayor con un hombre joven.

– ¿Te referís al tópico “amor y diferencia de edad”?

– Claro. Por eso lo que más me convenció esta vez fue darme cuenta de que eso no importaba. O que no era eso lo que yo iba a contar. Lo que yo iba a contar era el enamoramiento y la parte del cortejo entre estas dos personas. Porque yo veía que ninguna novela, de las contemporáneas en las que se cuentan historias de amor, le daba a esa instancia el espacio suficiente. En general se pasa rápido por el enamoramiento y lo que se cuenta es el después, la relación de pareja. Pero no hay tanto contado desde el momento en que el amor interpela al ser de las personas, ese punto cuando ya no importa quiénes son esas personas, esa fuerza que, cuando te enamorás, te hace sentir que te cambia la vida. Darme cuenta de esto me convenció de que había un desafío narrativo. Porque, por otra parte, hacía mucho tiempo que no escribía ficción. De alguna manera ya venía medio fragmentada y percibía que no quiero escribir más estilo siglo XX. Me parece que hay un tipo de escritura que ya fue. Que obviamente va a seguir existiendo y tiene cosas para dar, no digo que no. Pero en lo particular a mí ya no me interesa escribir una novela que se parezca a una crónica. Que solo es paso A, paso B, paso C. Que no aporta nada desde la forma.

González es autora, entre otras, de las novelasArte menor, Las poseídas y Olimpia.

González es autora, entre otras, de las novelasArte menor, Las poseídas y Olimpia.

– En este caso la forma ofrece capítulos cortos con fragmentos ensayísticos alrededor del amor o la belleza. Encima está en segunda persona, que a priori parece algo arriesgado. ¿Surgió apenas pensaste en esto o fue apareciendo a medida que escribías?

– Surgió apenas me puse. Yo nunca me lanzo a escribir sin estar segura de la voz y la voz salió sola. Al escribirla, me daba todo el tiempo la intriga de si iba a poder sostenerla. Pero pude. Me di cuenta de que la podía sostener justamente porque tenía los otros fragmentos. Es decir, está siempre en segunda persona pero hay fragmentos ensayísticos que hablan, no sé, de (John) Keats o de (Fernando) Pessoa. Entonces había como un montaje, digamos, que hacía que esa voz no cansara. A la vez también sabía que no iba a ser un libro largo. Quizás un libro en segunda persona de doscientas páginas se puede volver difícil.

– ¿Cómo armaste esa constelación de autoras y autores que aparecen en la historia? ¿Fueron textos que te acompañaron mientras escribías, los buscaste especialmente o ya los habías leído antes?

– Buena parte de ellos eran textos que había leído antes. Por supuesto que algunas las había leído hace mucho tiempo y volví para revisarlas. Por ejemplo, la poesía de Pessoa, que siempre me acompañó desde muy chica. (Marsilio) Ficino es otro al que volví, un neoplatónico que también era astrólogo y es algo que yo siempre leía de chica. La mayor parte de esos autores ya los conocía. Algunos no los había leído tan a fondo o los había leído con otra cabeza. Las únicas novelas que leí especialmente para este libro, porque me interesaba ver cómo había sido tratado el tema, son las de Annie Ernaux y Lydia Davis. Son dos que toman esto de una mujer mayor que sale con alguien menor. Pero acá la verdad es que no ocuparon mucho espacio, simplemente me sirvieron para darme cuenta de que lo que yo estaba haciendo iba por otro lado.

De alguna manera ya venía medio fragmentada y percibía que no quiero escribir más estilo siglo XX. Me parece que hay un tipo de escritura que ya fue.

– De todas las historias de amor posibles, en este caso la novela y la propia narradora hacen referencia a un “amor sin futuro”, un amor “que no termine en la tierra infértil de la familia”. ¿Por qué fuiste en esa dirección?

– Fui por ahí porque la sociedad va por ahí. No es algo que se me ocurrió a mí. Una se pone a ver noticias y enseguida se encuentra con la historia de una mujer de 60 que sale con un chico de 20 y conviven. ¡Y eso es una noticia! (risas). En cambio no es noticia que un tipo de 60 esté con una piba de 20, a menos que sea alguien conocido. Esto siempre me hizo ruido y todavía más cuando llegás a cierta edad, cuando de alguna manera ya conocés la variedad que tiene el espectro amoroso. Una ya pasó por un montón de relaciones, con tipos más grandes, con tipos más chicos, con tipos de la misma edad. Entonces empezás a pensar “¿y por qué esto no está contado como algo cotidiano?” o “¿por qué siempre es la excepción, es la noticia?”. Ahora, la frase que citaste me vino sola, mientras escribía, pero en realidad es lo que la sociedad te está planteando cuando te ofrece esas noticias. Y, cuando no se cuentan como noticias, también hay algo para escuchar ahí: la sociedad no sanciona como antinatural que un hombre mayor salga con una chica más joven porque todavía se pueden reproducir. Todavía, aunque esa pareja no se lo plantee de esa manera, está la excusa o ese trasfondo: pueden formar una pareja y una familia. Porque en esta sociedad la única meta que parece tener el amor es formar la familia. Que esa unidad funcional capitalista funcione es lo que de alguna manera se santifica en este capitalismo. Lo vemos ahora cada vez más con todos estos discursos sobre la baja de la natalidad y toda la intención de quitar derechos a las mujeres. En cambio, con estas relaciones donde la mujer es más grande de repente la sociedad no tiene cómo ni dónde meter ese vínculo. Por eso me metí ahí, porque me parece que la ficción tiene que hablar de estas cosas que son preguntas contemporáneas. Porque, a pesar de todo el feminismo, a pesar de todo lo que parece que avanzamos en un montón de cosas, esto sigue siendo un ruido. No tanto el ruido de que una mujer le lleva tantos años a un chico con el que sale sino que el único objetivo de estar con alguien sea reproducirse. Que el único objetivo sea consumir en términos de familia. Fijate cómo está armado todo en torno a la familia: el Día del Niño, el día de esto, el día del otro. Ojo, no digo que estén mal, pero tienen un correlato comercial. Buscas un paquete turístico o un pasaje siempre te ofrecen de a dos o en promociones familiares. Las personas que están solas parecen estar afuera del sistema, sobre todo si tienen cierta edad. Todo empieza a ser sospechoso para la sociedad si no encajás por edad, por referencias, o por estilo de vida, o lo que sea en ese modelo de esa familia patriarcal. Es increíble pero sigue sucediendo: las personas no encajan en los roles tradicionales de familia se vuelven sospechosas incluso en ámbitos progresistas. Me parece que esto es algo que la ficción se tiene que preguntar.

Betina González también es autora de los ensayos "La obligación de ser genial" y "Cómo convertirse en nadie".

Betina González también es autora de los ensayos "La obligación de ser genial" y "Cómo convertirse en nadie".

– En este sentido, esa voz de la sociedad se oye en las amigas de la protagonista, que una podría suponer que se ubican en cierto espacio progresista. Ella es muy filosa cuando las observa, aunque se trate de sus amigas, y de algún modo apunta contra esas miradas. ¿Por qué aparece este cuestionamiento o esta pregunta?

– Por un lado, porque es funcional a la novela. Esto me permitía hacerlas aparecer como un coro griego. Son medio indiferenciadas las amigas y a la vez no todas dicen lo mismo. Por otro lado, lo que me parece que también toca la novela, aunque yo no me lo haya planteado así al principio, es que el progresismo, de algún modo, llega hasta cierto punto a veces. Y en esto me incluyo: una está pre formateada por un sistema patriarcal. Entonces vos te podés creer que sos muy progresista en un ámbito y de repente te das cuenta de que en algo estabas pensando igual o peor que tu abuela de los años 20. Entonces eso también me gustaba plantearlo, cuestionarlo, para no poner todo el peso del discurso conservador en alguien estereotipadamente conservador. Porque, además, no existe eso en la sociedad, casi nadie es o blanco o negro. Al mismo tiempo, esto tocaba un poco otro tema que está en la novela, que es el tema de la maternidad y el feminismo. En los últimos años hubo un gran avance en un montón de cuestiones feministas y yo por supuesto que, como feminista, estoy a favor de que la crianza se reconozca como un trabajo, y que esas horas estén de alguna manera representadas económica y culturalmente. Pero en parelelo hubo un boom de libros de la maternidad y hubo como una especie de deificación de la maternidad. Eso como lectora me hizo un poco de ruido. No porque esos libros fueran malos, porque hay libros buenísimos que cuentan la maternidad. Lo que me preguntaba es lo que hace el mercado con eso, lo que hace la sociedad. Porque apareció un discurso feminista con una bandera muy fuerte en la maternidad. Con las mejores intenciones seguramente. Pero eso se da vuelta muy fácil, con generaciones más jóvenes que de repente creen que está bueno ser trad wifes o lo que sea y que el hombre las mantenga. Entonces a mí me parece que está bueno poner en cuestión esos discursos, esa deificación de la maternidad y la crianza, que también lleva a una especie de niñocracia.

La sociedad no sanciona como antinatural que un hombre mayor salga con una chica más joven porque todavía se pueden reproducir. Todavía, aunque esa pareja no se lo plantee de esa manera, está la excusa o ese trasfondo: pueden formar una pareja y una familia. Porque en esta sociedad la única meta que parece tener el amor es formar la familia. Que esa unidad funcional capitalista funcione es lo que de alguna manera se santifica en este capitalismo.

– Además de los malabares para sostenerlos económicamente, se arma también una especie de exigencia sobre la crianza, la alimentación de esos chicos.

– Claro. Hay una presión enorme sobre la madre por ser las madres perfectas, un montón estrés sobre las mujeres que al final no termina siendo liberador. Todo se va desbalanceando. Y también aparece esta cosa vigilante sobre los padres en general, no sobre la madre, sobre el padre también, con los chats de mamis y todas esas cosas. Espacios que hacen que la crianza sea el centro de la vida de algunas personas. Esto es algo que otras generaciones no habían vivido de esa manera y eso no quería decir que se desatendiera al hijo, sino que criar era una experiencia más de la vida del ser humano. Hoy veo, incluso como docente, como tía, como persona que está rodeada también de gente más joven, que esa crianza tan encima de los hijos hace que esos chicos a veces tengan pocos elementos para moverse en la vida real. Terminan siendo, paradójicamente, mucho más miedosos, mucho más autoconscientes del ridículo y poco arriesgados, digamos, poco equipados realmente para la vida adulta.

– Volviendo a la relación de los protagonistas, es curioso que el cortejo entre ellos es medio vintage o anacrónico: empieza de una manera epistolar, intercambian mails. ¿Por qué te interesó explorar ese camino?

– Sí, me gustaba que ese intercambio fuera escrito. Por eso también puse un protagonista rapero, porque tenía que ser alguien a quien le importaran las palabras. Pero también es verdad que hay muchos jóvenes de la generación que hoy tiene 20 años que tienen como una especie de deseo de lo vintage. Hay una nostalgia por las cosas que se hacían en otra época de otra manera y también un hartazgo de lo digital. Hay un hartazgo de las apps y muchos están muy ávidos de experiencias en la vida real. Obviamente el personaje tiene un tratamiento muy grande de ficción, pero crear un protagonista a quien le importaran las palabras y que leyera, que fuera medio atípico, me permitía jugar con una especie de novela epistolar en pleno siglo XXI. A la vez me importa siempre resaltar las singularidades. De este amor y en general. Hace poco una lectora me dijo algo que me gustó: “vos contaste la peculiaridad del amor, no son estadísticas los tres personajes”. Y eso me interesa. Ni el chico, ni la protagonista, ni el personaje de Emily representan a los jóvenes de 20 o las mujeres de 50. Son personas con sus particularidades y su espesor. Una novela no tiene por qué querer representar a un grupo determinado, una novela siempre es lo peculiar. Esta vez narrar el amor tenía que ser también narrar la peculiaridad de ese amor.

"Cómo convertirse en nadie", otro de los libros de Betina González.

"Cómo convertirse en nadie", otro de los libros de Betina González.

– Con el personaje de Emily, la alumna a la que la narradora acompaña mientras escribe, un idea particular de complicidad. Está la amorosa, con el otro joven, y nace esta suerte de complicidad de estudiante y docente.

– Sí, yo siempre quería escribir algo sobre el vínculo maestra-alumna o maestro-alumno, discípulo. Las palabras que hay en español no me convencen mucho para nombrar esa relación. Pero nunca daba con la forma hasta que surgió acá. La enseñanza de un arte es una forma de la complicidad. Hay algo que no puede ser puesto en palabras, porque no es que una puede efectivamente enseñar a escribir. Lo que pasa ahí no puede ser puesto del todo en palabras. El talento no puede ponerse en palabras. Me interesaba eso: esa complicidad como de algo que no ha sido expresado, lo que se comparte cuando vos estás enseñando un arte.

Es increíble pero sigue sucediendo: las personas no encajan en los roles tradicionales de familia se vuelven sospechosas incluso en ámbitos progresistas.

– En este terreno, y puedo inferir que conocés del tema por tu experiencia como docente, se relatan en el libro cuestiones que tienen que ver con la salud mental de los estudiantes. ¿Esto aparece con frecuencia en las aulas?

— Hay de todo porque yo doy clases en muchos niveles y en muchas instituciones. Pero sí es verdad que después de la pandemia algo ocurrió, por eso ubiqué la novela en 2022. Creo que hubo un antes y un después en cuanto a esto de la patologización de esta generación. Yo no digo que todos los jóvenes que están medicados están mal medicados, lo que digo es que es cada vez más este momento del mundo elige lidiar con determinados problemas de manera química. Yo encuentro chicas y chicos que, por ejemplo, te dicen que tienen ansiedad social. Y cuando les pregunto qué es ansiedad social, me dicen “no sé, me da ansiedad sentarme en un bar sola porque creo que me miran”. Cuando yo era chica si planteaba algo así me decían “sos tímida” o, no sé, “anotate en expresión corporal” (risas), o en teatro. No era algo que se medicaba o que se patologizaba tan rápidamente. Yo creo que rápidamente se patologiza. Por supuesto que con esto no digo que no haya patologías concretas que surgieron nuevas y que tienen que ver por ahí con las redes sociales. Pero sí veo que hay un peso muy grande puesto en una solución química y rápida. Y creo que no pasa solo con los jóvenes, a todos nos empiezan a medicar mucho. Está, por ejemplo, toda esta industria del wellness. Hay que estar bien y si no estás bien es tu culpa. Entonces claro, es más fácil creer que si vos te ves un video de un minuto de un life coach o de un influencer vas a entender cómo lidiar con tu emoción, con la envidia, con la admiración, con lo que sea que te esté pasando. Es mucho más tranquilizador eso que pensar que tenés que hacer 10 años de terapia. Beatriz Sarlo lo planteó cuando habló de lo “cualquierista”. Es una sociedad del cualquierismo. Cualquiera sabe, cualquiera te explica. Y ella lo dice: se cayeron los grandes discursos como la religión y el psicoanálisis, y ahora podríamos sumar que también cae la ciencia. Entonces queda todo en manos de gente que no tiene ninguna experticia, lo único que sabe es comunicar. Te prometen una solución rápida, ya sea química o, digamos, audiovisual. Y veo que eso afecta mucho.

– Al mismo tiempo, la novela trae una zona luminosa. Sobre todo con esa docente y esos estudiantes que se juntan en medio del derrumbe de este país en una universidad o una institución educativa a leer o a intentar escribir. ¿Buscaste plantear esto de algún modo?

– Sí, por eso no me interesan las generalizaciones. Porque hay jóvenes que están generando formas de resistencia a esa especie de captación e importación de las grandes corporaciones tecnológicas. Entonces, bueno, una puede ver que internacionalmente aparecen estos intentos con personas que se juntan a hacer actividades donde no se puede usar el celular o que buscan expresamente la desconexión porque saben que el enemigo está ahí, en el tiempo precioso que le dedican al telefonito. No sé a dónde va a llegar eso. Ojalá llegué a ser un modelo político importante. Me parece central también pensar que circula un fuerte discurso “anti joven” y me molesta mucho eso. No solo porque me parece de viejo choto, sino que lo veo peligroso. Culpar a los jóvenes porque ganó la derecha o porque la derecha ahora está en el poder en muchos lugares, me parece peligroso. Es no entender nada o desentenderse de todo. Y yo creo que, más allá de que esta novela es una obra de ficción, esos jóvenes existen. En distintos años, en distintas instituciones me ha pasado de tener grupos de alumnos que me han pedido continuar por fuera de la universidad haciendo talleres o preguntándome por autores o lecturas porque descubrieron un mundo. Es muy valioso cuando eso te ocurre como docente, porque sentís que llegaste al corazón. Y siento que es muy peligroso desestimarlo.

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