Laura es médica del área de cuidados paliativos, y llega a su trabajo una hora antes de la reunión entre residentes y médicos de planta. Había dormido poco, con un sueño perturbador, el final del verano venía siendo denso. “Los padres siempre estaban ahí”, pensaba Laura, revoloteando en los rincones del ámbito médico: habitaban ese no lugar permanente dispuestos a interceptarla donde fuera. El agotamiento y el cansancio no eran sólo patrimonio de familiares: también la envolvía a ella, como a sus compañeros, profesionales de la salud siempre en estado de vigilia y alerta, con sueldos bajos y malas condiciones de trabajo, vidas consumidas por el estrés crónico.