Primero fue el ardor. Después, el grito. El olor a piel prendida fuego llegó en el mismo momento que sus ojos se abrieron como dos huevos. Las cenizas se deslizaron por su pecho, mientras su cuerpo intentaba contorsiones bloqueadas idóneamente por los nudos que enlazaban sus extremidades a la cama. El pucho, humeante, rodó hacia el suelo.