Entre las complejas relaciones de complicidad y de rechazos entre literatura y cine, Chantal Akerman, casi inesperadamente, pone a la escritura como ritual fundamental antes de la filmación. La cineasta de algunas películas silenciosas, que se alejan del lenguaje verbal para generar largos planos fijos y movimientos visuales que parecen desentenderse de, incluso espantar a, las palabras, cree que la creación audiovisual debe ser encaminada por la escritura. Pero no se refiere al guion, a ese esquema descriptivo creado por la industria del cine que funciona como un orden de lo que llegará a la pantalla. Akerman piensa en el proceso mismo de escritura como un atajo necesario para acercarse al cine. “Siempre hay que escribir cuando se quiere hacer una película, aun cuando no se sabe nada sobre la película que se quiere hacer”, sostiene Akerman en algún lado de Autorretrato de cineasta, una declaración que define un poco al proceso laberíntico del libro, que comienza sin saber a dónde ir, pero la escritura se vuelve el sostén, la forma de poner en pie un esqueleto para que la cineasta se entregue descarnada, en un juego sinuoso, confesional y sin reglas. En su deriva de honestidad brutal, Akerman reescribe recuerdos ya filmados, intenta rememorar lo perdido y lo que vuelve, comparte textos en los que todavía cree y, al mismo tiempo, se muestra totalmente incrédula.