Se llega a la fiesta antes de llegar: el resplandor de las luces que se cuela por la puerta, la vibración de los bajos que atraviesan el cemento, la fila de gente que espera para entrar, luciendo sus mejores looks. Adentro, las luces se mueven como pequeños robots sin cesar. Lo que sucede en la pista, en menor o mayor medida, tiene que ver con el cuerpo, el baile, el placer y el exceso. Pero el corazón de todo eso también es el encuentro entre desconocidos con esa luz que no para de moverse, que es pura y abstracta, y con esa música a todo volumen. Al menos así lo entiende Madonna, una artista que vuelve a reivindicar la pista que la vio nacer, cuarenta años después, con su disco Confessions II. Presentado como una secuela del disco homónimo lanzado en 2005, la artista volvió a juntarse con el productor Stuart Price –el mismo con el que trabajó hace veintiún años– para publicar un álbum de dieciséis canciones, mezcladas de una manera tal que se presentan sin silencios ni interrupciones y que retoman los sonidos y la estética donde comenzó la carrera de Madonna: la música de los 80 que la hizo temblar en las discotecas queer de Nueva York.


