A principios de la década del 2000 abandonaba el colegio de forma gradual. Primero me iba hasta la puerta, daba vueltas, me escondía atrás de algún árbol hasta que la puerta se cerraba y me auto convencía de que ya era tarde para entrar, seguro me computaban la falta. Y así, de a poco, me quedé libre. Esos días que faltaba me iba caminando por avenida Santa Fe durante horas, hasta llegar a San Telmo, Barracas, y volvía de nuevo por esa avenida. Y paraba en esa galería que estaba entre la Quinta Avenida y la Bond Street, que lo único interesante que tenía era un local abajo que se llamaba Garageland. Un local rarísimo e hipnótico. El local estaba lleno de cedés copiados de bandas independientes que no tenían cedés originales, ni sellos, y en su mayoría mucho menos plata para autofinanciarse. Eran cedés con cajitas hechas de papel, de cartón, de plástico con impresiones o collage. Yo tenía mi propia banda, con cedés grabados en salas de ensayo y con tapita de cartón. Ese lugar me interesaba porque, a diferencia de otros, te dejaban vender tu música por más que no tuvieras un código de barra o registro legal. A veces podías comprar remeras de esas bandas y hasta leer críticas de sus discos o shows en las decenas de fanzines de diferentes personas que también se vendían en la vidriera.