Detrás de cualquier biblioteca –chica, grande o descangallada–, se oculta una galería de cuadros que jamás fueron pintados. Todos alguna vez, seducidos por ese misterio, fantaseamos con hallar un mecanismo injerto en alguno de nuestros viejos libros que nos permita abrir, en un lento deslizar, una imaginaria puerta secreta para acceder a ese museo inaudito.