Si el autor de El bien absoluto se ha sumergido en la escritura de este libro “como en una obsesión, con la inútil ilusión de acorralar lo indecible, aquello que surca el mar sin fondo de la dimensión humana suprimida”, otro tanto me ha sucedido al leerlo, intentando obsesivamente acorralar el horror, deteniéndome en la recuperación siempre frágil de la dimensión humana que pretendió ser suprimida por la dictadura cívico-militar genocida que instauró el Terrorismo de Estado en 1976, en Argentina, durante ocho infinitos años. El texto es una experiencia inmersiva, en los cuerpos, las mazmorras de la dictadura, las cárceles, las calles, los rostros borroneados, los gritos, los olores nauseabundos, el mal en toda su banalidad y ferocidad.


