La fila comenzó a formarse temprano, como cada lunes. Madres, hermanas, parejas y abuelas llegaron hasta la Unidad Penitenciaria Nº11 de Piñero con bolsas y paquetes. Algunas llevaban hamburguesas congeladas, otras jabón, pasta dental, yerba o cigarrillos. Nada fuera de lo permitido. Nada que superara el límite impuesto por el propio Servicio Penitenciario: un kilo y medio por familiar. Pero esta vez, como había ocurrido en las semanas anteriores, nadie pudo entregar nada.



