Hay películas que envejecen. Otras permanecen agazapadas, esperando que la historia vuelva a alcanzarlas. El conformista (Il conformista), dirigida por Bernardo Bertolucci y estrenada en 1970, pertenece a esta última categoría. Basada en la novela homónima de Alberto Moravia, publicada en 1951, la película continúa formulando, más de medio siglo después, una pregunta que perdura: ¿qué ocurre cuando el deseo de pertenecer se vuelve más importante que la libertad?. La película es, ante todo, una geometría del poder fascista reflejada sobre los cuerpos. La fotografía de Vittorio Storaro transforma los edificios del fascismo en auténticas máquinas de control. Los espacios se convierten en dispositivos de disciplinamiento donde el individuo aparece empequeñecido frente a una estructura que lo excede.