In situ, nunca habíamos visto esa bicicleta. Habíamos visto la publicidad en los diarios y las revistas. Fanfarroneábamos con comprarnos una, aunque la mayoría sólo ganábamos unos mangos cortando el pasto, podando ligustrina o tirando bochazos para que las palomas levantaran vuelo y los socios del Pigeon Club pudieran canalizar sus impulsos destructivos cagándolas a tiros. Esa bicicleta era toda una novedad y por entonces sólo estaba al alcance de los ricos. Además, un alarde tecnológico para aquellos tiempos: era plegable. Aurorita era la marca.