En la fábula de 1678, “Los animales enfermos de la peste”, el león atribuye la epidemia a un castigo divino y ordena confesiones para hallar al responsable.
El monarca felino asegura que la peste es un castigo celestial por los pecados del reino y propone que todos los animales confiesen sus actos, empezando por él. Confiesa haber devorado numerosas ovejas y, sorprendentemente, el astuto zorro lo justifica diciendo que comer a las ovejas fue un honor para ellas.
De forma similar, el tigre y el oso admiten delitos parecidos y también reciben el perdón. Sin embargo, cuando el asno revela que, por hambre, se alimentó de hierbas pertenecientes a un monasterio, el lobo se indigna, alegando una violación a la fe y a la propiedad, y el asno es sentenciado a la muerte.



