Hay una larga línea sinuosa, pero segura, que va de las misas herejes a las misas paganas, de los comienzos del siglo XX a los años 90 y luego sigue zigzagueante, enhebrando las vidas de las generaciones cohesionadas por artistas irrepetibles. Es una de las líneas de la vida que se renueva aun en la muerte y hace pocos días encontró su parábola: un poeta rockero que cultivó en toda la extensión –figura, imagen, voz, lenguaje– la expresión hermética, funeraria en el sentido solemne de la más alta expresión popular, la más profunda epopeya de los anónimos, el épico aguante de las tribus de los barrios y las calles, fue despedido de forma festiva y con una emoción asombrosamente lúcida. Una reconfortante revolución de los corazones que también esgrimen sus razones.