Terminó el Big Bang. La última palabra fue pronunciada y el universo deja de expandirse. Camino a la pileta, en los altos ventanales de la madrugada, el Indio tuvo un pensamiento y cerró el libro de su propia obra. Todavía no tenemos distancia, pero escuchamos estas canciones en repeat y se empieza a definir el marco. Se siente como Las mil y una noches, ¿no? Como Los cuentos de Canterbury narrados por Discépolo y pintados, en un rapto de embriaguez, por alguno de esos sinvergüenzas de la neo-figuración. Es un mural de grandes proporciones, así que demos un paso hacia atrás. Está lleno de buscas, strippers y punteros. De gimnastas soviéticas, cineastas del noir, drag queens, sultanes de La Plata, periodistas entongados y milicos con sed. Hay dealers, claro. Y enamorados y contrabandistas de la Triple Frontera y tipas con uniformes de las SS y resentidos y todas esas chicas y todos esos muchachos que, rechazados por el espejismo de la Isla Caras, viajan con una Topper en el estribo del tren y la otra flotando en el aire cromado del conurbano. No hay ni un NPC. En un acto de piedad, Solari pintó a cada personaje con el mismo nivel de atención. Demos un paso adelante y saludemos a la paradoja: el fóbico social con un amor infinito por su especie.