Como tantas otras cosas, los Redondos me llegaron por mis hermanos mayores. No tengo presente en qué momento me detuve en ese nombre enigmático, qué letra, qué melodía fue la primera que me cautivó. En mi mente yo estoy en la escuela secundaria con mi carpeta negra toda dibujada con sus frases en liquid paper; tengo el pelo por la cintura, zapatillas All Stars, y cuento los minutos que me quedan para salir del colegio religioso al que voy. Llego a mi casa, tiro la mochila en cualquier parte y pongo alguno de los CD de Lobo suelto, cordero atado que suenan las veinticuatro horas. Esa era básicamente mi vida. Algunas tardes me juntaba con amigos, nos pasábamos un cuaderno donde había anotado sus letras y las analizábamos en conjunto. Tenía también unas grabaciones piratas de recitales, muy truchas, que venían del acervo de mis hermanos, con canciones previas a Gulp, muchas de las cuales no se habían vuelto a grabar y nos parecían el summum de los misterios.