Los alrededores del velorio del Indio Solari, en Avellaneda, lucían como un mundo alternativo donde los personajes de sus canciones cobraban vida propia. Pero no era una fantasía. Era real. Porque los Redondos reflejaron un universo que se volvió parte de sus recitales. Hace casi cuarenta años que lo que suena en los escenarios y en los discos ligados al Indio es la versión musical y poética de lo que se ve abajo. Quizás aquel público intelectual de los comienzos era el que estaba fuera de lugar, después de todo. En Avellaneda había mujeres tan lindas que daban miedo. Tipos pesados que parecían no tener nada que perder. También chicas desamparadas o que habían regresado de mil infiernos. Las rodeaban niños rápidos y sujetos blandos listos para rendirse. Había viejos sin dientes y jóvenes susceptibles pasados de sustancias que podían reaccionar ante las miradas ambiguas. Había embaucadores y chiflados. Había bebidas baratas y un perfume a tormenta inevitable que no se desataba porque la necesidad de estar ahí para celebrar al Indio era más fuerte.