Destacarse en una escena de cafeterías replicantes no es fácil. Pero Lharmonie no solo lo hizo sino que en estos cinco años de vida sumó locales, con una clientela que demuestra fidelidad a prueba de balas. Todo arrancó con una pequeña barra, ahí nomás del Jardín Japonés, con el foco puesto en la pastelería. Hoy cuentan con centro de producción y espacios más amplios y cálidos, donde cada local tiene su impronta (el de Maure es el más bello). Y un dato no menor, aun más difícil de lograr: es una cafetería kosher certificada, lo que en otros lugares suele jugar en contra, pero que acá es apenas una limitación (por ejemplo, no hay carnes rojas, ya que en el kashrut no se mezcla carnes con lácteos) que fácilmente pasa desapercibido en la calidad de lo que hacen.