Por más memoriosa que pueda ser una persona, la suma de sus recuerdos conscientes, hechos de imágenes, abarca un periodo de tiempo ínfimo en comparación con el tiempo vivido (no hablo del cuerpo, que seguramente recuerde todo pero de un modo secreto). La vida se acerca mucho a la nada no sólo cuando morimos sino también mientras estamos acá. Si me pongo a rastrear los recuerdos de los doce años de mi infancia, capaz que pueda juntar cuatro o cinco minutos atesorando cada segundo recordado como un nene aferrado a la alcancía que llenó la caridad familiar.


