Ya pasó. La selección argentina bailó el último tango en Kansas y se nos acabó el Mundial. No nos causará nada de gracia mirar las semifinales por TV después de la derrota ante Suiza, pero así son las cosas. Si bien se mira, no hay margen para hablar de fracaso, una palabra que suele soltarse apresurada e injustamente frente a las frustraciones deportivas. Este equipo, estos jugadores, casi los mismos que lograron el título mundial en Qatar, fueron por la reválida con el juego que podían y el corazón abierto para dejarlo todo: no hay nada que se les pueda reprochar.


