Gira y da más vueltas

No hay discos, pero hay artistas que siguen haciéndolos. Y algunos son excelentes. Dos, recientemente publicados, dan cuenta de que el talento, como la naturaleza, se abre camino. Carlos Casazza en "Sueño y telepatía" y Guillo Espel con "Papel Máquina", al frente de grupos ejemplares, renuevan un viejo rito. El de no saber qué sonará en el próximo tema. Novedades y rescates en la red, entre las redes.

Ya no hay discos, pero algo sigue dando vueltas en alguna parte (tal vez dentro de las computadoras y celulares). Ya no producen dinero, salvo cuando tienen millones de clics, pero alguien, en algún lugar, los paga. Las tapas son minúsculas y la información es inexistente pero se escuchan. La atención de muchos es muy poca y excede apenas los 15 segundos pero unos cuantos les dedican tiempo y los agradecen.

No hay discos y sin embargo se imaginan, se graban y se publican. Y algunos, como dos producidos en estos días en la Argentina, son excelentes. Dos creadores, ambos guitarristas y con notables trayectorias, y uno y otro con formación y horizontes parejamente abiertos, han lanzado, al universo algorítmico, un pequeño recordatorio de que hay algo que, como el mundo, a pesar de todo. sigue andando. O girando.

Una mirada apresurada podría agotarse en la observación de que Sueños y telepatía, de Carlos Casazza, es un disco de jazz, y que Papel máquina, de Guillo Espel, es un álbum de folklore. Lo interesante es que ambas cosas son ciertas pero ninguna lo es del todo.

Casazza, que fue arreglador de Rubén Goldín, Lucho González y Liliana Herrero, entre muchos otros, y que ostenta entre sus blasones haber sido uno de los pocos discípulos del gran Ralph Towner, fundador del grupo Oregon y compañero de ruta ocasional de Egberto Gismonti o Weather Report, toma del jazz una cierta gramática, o más bien una idea del tema musical más como punto de partida que de llegada. Y suele armar sus grupos, como en este caso, con músicos de jazz: Ernesto Jodos en piano, Inti Saveb en clarinete, Mauricio Dawid en contrabajo y Carto Brandán en batería. Y en este nuevo disco, como viene haciendo desde hace un tiempo, ha ampliado el credo de la guitarra de concierto a su versión eléctrica y a la inmersión en su posibilidades. Pero eso es, apenas, el alfabeto inicial. El idioma es otra cosa. Y mucho más el lenguaje personal que de allí parte.

Guillo Espel Cuarteto

Guillo Espel Cuarteto

El caso de Espel es similar. Estudió con –y fue en muchos aspectos la mano derecha de– Manolo Juárez, a quien admira tanto como a los Beatles y Burt Bacharach, ha escrito música para orquesta y grupos de cámara y ha realizado arreglos para Abel Pintos, David Lebón o Juan Carlos Baglietto –y hasta para la soprano “clásica” Anna Netrebko– y muchas de sus composiciones –incluso las de tradición académica– bordean pies rítmicos o células melódicas emparentadas con los folklores rurales argentinos. Pero ya la conformación de su grupo base –y la exploración de las más diversas posibilidades combinatorias– de por sí desmiente cualquier filiación fácil: él en guitarra y guitarra eléctrica, Oscar Albrieu Roca en vibráfono y otros instrumentos de percusión, incluyendo batería, Coti Moroni en clarinete y Alejandro Becerra en cello. En algunas de las piezas, por otra parte, se agregan dos violines, viola y contrabajo, completando un quinteto de cuerdas, o Elías Gurevich como violín solista, o las voces de Agus Volta o Natacha M., el flugelhorn de Fernando Ciancio o el bandoneón de Alejandro Guerschberg o Lisandro Rajal, la flauta de Luis Rocco.

Lo mejor de estos dos discos es que es casi imposible hablar de ellos, más allá de la ponderación de la imaginación y de su renovación de un viejo y bendecido rito: el de la espera y la sorpresa frente a lo que sucederá en la próxima pista (¿seguirán llamándose así?). Podría señalarse la belleza de “Trastévere”, el juego entre lo escrito y lo improvisado, entre la ensoñación de la guitarra, y el clarinete flotando sobre el entretejido de percusión y contrabajo, o la invención inagotable de Jodos y Casazza en “Vals de enero”, en Sueño y telepatía, que fue producido por BlueArt, el ejemplar sello rosarino. O podría nombrarse la riqueza rítmica de “Prisa de cazador”, la exquisita zamba “Estrella de anís”, con texto de Santiago Espel, la maravillosa voz de Agus Volta y la participación en piano y bandoneón de Nicolás y Alejandro Guerschberg, o “Magnolia flotando”, un vals à la Bill Evans cruzado con Tito Francia, en Papel máquina, producido por el propio Espel. Podría, pero sería injusto con el resto de dos publicaciones cuidadísimas y en que el interés no decae en ningún momento. En estos tiempos en que quien recomienda es ese espejo levemente deformado llamado algoritmo y en que los músicos cobran –si es que lo hacen– migajas por su trabajo, como decía Jurassic Park acerca de la naturaleza, el talento y el riesgo estético, la búsqueda –y claro, los encuentros– se abren camino.

Diego Fischerman es autor del blog Apuntes: https://diegofischerman.blogspot.com/.