Por supuesto que conviene creer que el rock es cosa del pasado. En la aceptación hay una comodidad. Muerto el rock uno puede consagrarse a su memoria. A homenajes, murales, reversiones. A vivir en una gloria eterna de aniversarios y regresos. Limitarse a esa lluvia tan fina que es como el recuerdo de otra lluvia. Mientras tanto, los precios de las entradas son cada vez más altos, service charge incluido, y el proyecto más alternativo puede compartir escenario con la última tendencia pergeñada en una videollamada corporativa. Y todos aceptamos el juego. Con el QR en la mano avanzamos hacia el campo delantero del mainstream como estilo de vida. ¿Sentís la tristeza que desciende en la hora del silencio rockero? ¿Cuánto falta para que la grilla de un festival importante sea encabezada por una banda tributo? ¿Sueñan los productores con sold outs de hologramas? Por suerte, cada tanto se publican discos. Ninguno hace tambalear el juego de la industria, pero algunos traen aire fresco. Son los que hacen volver a apretar play una vez que se terminan. Que hacen repetir la canción que acaba de pasar. Y la siguiente. Y la siguiente. Los que obligan a subir el volumen. Los que tienen referencias a otros discos. A otras bandas. Eso significa que son parte de un legado. Los que querés ir a escuchar en vivo. Los que tienen canciones que no te traten de imbécil, con letras que tengan algo para decir.