El siglo XXI, que se inauguró con el optimismo corporativo de la disrupción digital, la inteligencia artificial salvacionista y la biotecnología como motores de un progreso con rendimientos marginales crecientes, ha terminado por transparentar su verdadera hoja de ruta. Ya no se trata de diseñar un modelo de negocio socialmente sostenible para mitigar las externalidades negativas del colapso ecológico o institucional, sino de estar preparados antes que la matriz social se declare en quiebra.