El Premio Archibald se considera el galardón más importante de Australia en lo que refiere al arte del retrato. Todos los años, cientos de artistas ignotos envían el suyo alentados por aquellos varios miles de dólares en premio, además de la posibilidad de exponer en la Galería de Arte de Nueva Gales del Sur. “El premio se centra en la narración de historias. ¿Quiénes son las personas que nuestros artistas han elegido retratar y qué nos revelan sus retratos? Artistas australianos y neozelandeses utilizan el retrato para compartir la belleza y la complejidad de nuestra época”, dicen desde su organización. Quizás una de sus ramas más notables es la división de niños artistas, que desde los cinco a los dieciocho años son alentados a enviar sus retratos para competir. Muchísimos de ellos son hijos de migrantes, que en el dibujo encuentran una sublimación de su historia familiar. Y además, por supuesto, allí hay niños prodigio con obras increíbles, pero lo mejor es sorprenderse con su lógica propia e imaginación. Allí dibujan amorosamente a padres, abuelos y maestros, pero también locuras como niñas robots, nubes como pulpos o autorretratos en brazos de alegres osos polares. Lo mejor es que también se puede leer las explicaciones de aquellos dibujos delirantes, que además parecen pequeños cuentos perfectos. “A mi abuelo le encanta cultivar tomates para mí. Así que quería dibujarlo con cabeza de tomate”, “Este es mi papá. Siempre está ocupado llevándonos en auto, incluso con mal clima”, o “Cuando empecé las clases de arte, fue el señor Park quien me ayudó a dibujar. Fue un camino difícil pero divertido, y si no lo hubiera hecho, seguiría dibujando caras raras y cuerpos flacuchos”.


