En 1983, el horizonte de Julio César “Chicho” Gaona parecía no tener techo. Volante de gran manejo y pegada exquisita, acababa de consagrarse subcampeón del mundo juvenil en México, compartiendo cartel con las promesas más deslumbrantes de la época. Las ofertas del exterior no tardaron en llover: el Atlético de Madrid, el París Saint-Germain y hasta una invitación con cifras astronómicas para sumarse por un mes al Cosmos de Estados Unidos, donde habían jugado Pelé y Franz Beckenbauer. Con lo que le pagaban en Nueva York en cuatro semanas, podía comprarse un departamento en Belgrano. Pero el club que lo había visto crecer caminaba por la cornisa del descenso. Chicho, que todavía ni siquiera tenía contrato firmado y, a veces, debía bajarse corriendo en General Paz para colarse en el colectivo 117 porque no tenía para el boleto, se sentó con el director técnico Rodolfo Motta. Decidió quedarse en el país para salvar a Platense. Lo lograron.



