Hay películas cuyo desenlace nadie quiere conocer antes de entrar a la sala. Y hay otras cuyo final la humanidad conoce desde hace casi tres mil años. Sin embargo, pocas veces vi un cine tan atento como el que asistió a La Odisea de Christopher Nolan. Resulta extraño: nadie fue a averiguar qué iba a pasar. Todos sabíamos que Odiseo regresaría a Ítaca. Lo que fuimos a buscar fue otra cosa. Queríamos descubrir por qué seguimos necesitando esa historia. La Ilíada y la Odisea de Homero se compusieron aproximadamente en el siglo VIII a. C., hace unos 2700 años, probablemente a partir de una larga tradición oral, y ambas pertenecen al género épico. A Odiseo, además, la tradición romana lo llamará Ulises. Eso es lo extraordinario de los clásicos. No sobreviven porque sean viejos. Sobreviven porque cada época encuentra en ellos una pregunta distinta.


