Manuel Adorni se convirtió en el fusible que no salta. Sin capacidad de gestión ni de dar vuelta la página, el jefe de gabinete sigue ahí y erosiona la credibilidad de un gobierno que proclamó la moral como política de Estado. El affaire no solo puso en jaque la narrativa libertaria, sino que le tendió una trampa al panoficialismo, que se debate entre encubrir a un evasor o soltar la mano a un gobierno que igual los acusará de golpistas y los castigará con más látigo y menos chequera. Los pedidos de interpelación y moción de censura para destituir al ex vocero trader en ambas cámaras operan más como una olla a presión para forzar su renuncia que como una vía concreta de resolución en el corto plazo. En Diputados aún falta alrededor de una decena de voluntades para alcanzar el quórum. En el Senado los números son más auspiciosos, aunque el proyecto de resolución llega sin dictamen, y eso eleva a dos tercios el número necesario para habilitar la interpelación. Para desescalar tensiones, el gobierno enviará a Adorni al Senado el próximo dos de julio.