Después de ver las películas o de leer los cuentos de Martín Rejtman la realidad se vuelve rejtmaniana. Con ese filtro todo lo que ocurre en la vida cotidiana –una charla en el ascensor, una reunión en el trabajo o un diálogo escuchado desde la mesa de en un bar– se vuelve absurdo primero y gracioso después. Me parece fascinante lo que Rejtman hace con las palabras. Tengo la sensación de que nada de lo que dicen sus personajes en los diálogos y en los relatos en off podría ser dicho ni interpretado de otra forma. Además de esa precisión en el ritmo me gusta cómo lleva las escenas hasta el límite inimaginado.



