En tiempos actuales, donde la escucha musical parece algo poco frecuente, Luciano Ruggieri recuerda una pequeña habitación de la casa familiar, en Rosario, a la cual sus padres bautizaron “la sala de música”. De niño agarraba cualquier cosa a mano y percutía sobre la mesa. Había un equipo para reproducir cassettes, discos y vinilos, donde se escuchaban desde canciones infantiles a rock, pop o jazz. Allí también había una guitarra que era de su papá, un órgano electrónico y luego le compraron la batería. Luciano tenía once años y esos bombos y platillos, sello Maxwin (by Pearl), los sigue usando en sus toques.