En esas divisiones que tan bien le vienen a la crítica literaria (ya sea en su rol más público o en las aulas universitarias), parecería haber un consenso que indica que el realismo es el mejor género para el desarrollo del estilo, ya que allí el argumento puede ser el mínimo indispensable para contar, cosa que ha demostrado con orgullo imperial la prosa realista europea de Flaubert en adelante. Ese mismo acuerdo entre partes dictaría que son los mal llamados géneros menores, populares, como el policial, por ejemplo, los que deben apoyarse con mucha más fuerza en el argumento, en la trama, antes que en el despliegue de pirotécnica estilística: cuanto más “neutro” sea el estilo del escritor, mejor, siempre a los fines de que se entienda qué es lo que se está contando y que el lector se maraville por la resolución de una intriga o por la presencia de tal o cual invento. Y remitirse a esas excepciones es ver, según el contexto, nuevas posibilidades para la literatura: o sea, lo excepcional, continuado, extendido en el tiempo, puede convertirse en una nueva regla, digámoslo, la auténtica posibilidad de una literatura futura. En un momento de auge de los géneros no realistas (ciencia ficción, terror, fantástico), habría que volver a leer con atención el gesto de Marcelo Cohen de inocular al más deslumbrante sci-fi con una fuerte dosis de realismo para hacer brillar, a su modo, no sólo el estilo, sino las posibilidades de cierta hibridez llevada a casos extremos. La reedición de la novela más larga de Cohen, Donde yo no estaba, a cargo de la editorial Sigilo, funciona menos por la lógica de este momento comercial de lo no realista y más por la necesidad de encontrar en nuestra literatura esos puntos de tensión en donde no se sabe muy bien dónde estamos parados, hacia dónde podríamos ir y, gracias a ello, poder percibir en toda su potencia el brillo utópico (o sea, de no lugar) de lo posible.



