Un conjunto de quitasoles de veranos cerrados como fantasmas que anuncian el fin de la temporada, un pájaro solitario que vuela hacia el interior de una nube, una ballena muerta en el puerto o un imponente tronco retorcido en composé con un escenario urbano. La fotografía del renombrado director surcoreano Park Chan-wook es tanto menos conocida que su obra cinematográfica, donde la violencia y el humor negro encuentran su feliz derrotero en películas como Oldboy o Thirst. Claro que ambas tienen en común una cosa: “una clase magistral de narración”. Eso dicen desde la galería Lee Ufan Arles en Francia, donde el director está haciendo su debut europeo en el área de la fotografía con una exhibición titulada En una mañana tranquila. Aunque Park Chan-wook muchas veces ha dicho exactamente lo contrario a esa consigna. Es decir, piensa que la fotografía es más bien un verdadero “antídoto” para el cine y su exigencia de narración. Y la considera un espacio de mayor libertad donde puede renunciar al control. “Creo que el cine es un medio que busca la complejidad, mientras que la fotografía busca la simplicidad”. Se podría decir que hay un poco de ambas cosas en estas imágenes silenciosas y sugestivas, donde casi no se ven humanos sino objetos y escenarios vacíos, y donde no se dan explicaciones. Son fragmentos de la vida cotidiana llenos de detalles aparentemente insignificantes pero con un gran poder evocador. “Park Chan-wook, el fotógrafo, es la versión contemplativa del director hiperactivo, que aprovecha sus momentos de calma y libertad para fotografiar sin un objetivo predeterminado: lo que llama la atención de su ojo experto, lo que lo encanta, lo sorprende, lo divierte”, dicen en Arlés.