París era una fiesta. De verdad. No quedó cúpula, puente o edificio histórico sin restaurar. Las multitudes estaban errantes por las calles, felices. Música, tragos, bonomía, esperanza. Los festejos se concentraron especialmente en Champs Élysées, la Torre Eiffel y en el Nuevo Arco del Triunfo. Bajo la sagrada torre cantó primero Charles Aznavour y luego, cerrando desde la explanada de la Defense, se vendría el concierto de Jean Michael Jarré con su arpa láser. Hubo fuegos de artificios tricolores a full, mientras el tren de la historia desfilaba por la gran avenida. En aquel entonces cohabitaban el presidente socialista Francois Mitterrand y el entonces alcalde de Paris, Jacques Chirac, hombre tradicional de derecha. Era el Bicentenario de la Revolución Francesa, el 14 de julio de 1989. Cuatro obras monumentales se encararon en la capital para festejar el magno evento: la Pirámide del Louvre, la Ópera de la Bastilla, el Nuevo Arco del Triunfo, y el Instituto del Mundo Árabe. Cada edificio representó un empuje de obra pública, un pilar filosófico y un mensaje para la posteridad. Tanto para remodelar la vigencia del pasado, como en el Louvre, o para apoyar el desarrollo de una economía con solidaridad en el Nuevo Arco del Triunfo, nueva base de las empresas CAC 40 y de la Fundación France Solidarité. O la moderna Ópera, ahora situada frente a la Bastilla, en claro complemento de la clásica Ópera Garnier. O el Instituto del Mundo Árabe, campo de la integración intercultural, en un país con más de 6 millones de musulmanes. Hablamos de cuatro obras gigantescas y cuatro mensajes imprescindibles: modernizar el pasado, defender la economía y la solidaridad, aggiornar la cultura, y avanzar hacia la integración multiétnica.