Los chicos, internet y nuestra propia orfandad

Las discusiones sobre el uso de redes sociales por parte de niños y adolescentes suelen presentarse como un problema de educación y responsabilidad individual. Pero frente a plataformas diseñadas para capturar nuestra atención, poner límites también es una cuestión colectiva: no se trata solo de cuidar a los chicos, sino de recuperar alguna forma de cuidado para todos.

A veces creo que nuestras conversaciones sobre lo que debería hacerse con los niños (los niños e internet, los niños y la salud mental, los niños y el espacio público) no son más que formas encubiertas de hablar lo que nos gustaría que alguien hiciera con nosotros. Somos nosotros los que querríamos que alguien nos saque el teléfono; nosotros los que pensamos que tenemos un problema de ansiedad; nosotros los que querríamos pasar menos tiempo encerrados en casa y más tiempo en la calle; todo esto, por supuesto, en un sentido abstracto. Quiero decir: nosotros, justamente, somos adultos. Técnicamente nadie nos prohíbe ni ir a buscar la pizza en lugar de pedirla con una aplicación, ni soltar un rato el teléfono para tener menos problemas mentales. Pero hablar de lo difícil que es ese ejercicio retorcido de la autonomía, el de tomar decisiones incómodas en el corto plazo en pos de un beneficio hipotético en la acumulación de las decisiones, requeriría una conversación compleja sobre la subjetividad para la que siento que todavía no tenemos vocabulario. No creo que la adicción a la conveniencia de internet (a lo rápido, a lo que me entretiene, a lo que me sonríe, a lo que me resuelve) sea comparable a ninguna otra adicción, ni que el modo en que estamos sujetos a internet sea comparable a ninguna otra forma de dominación. Intentamos constantemente esas comparaciones: hablamos de internet como si fuera una droga y de sus dueños como si fueran señores feudales, pero la verdad es que esas comparaciones no capturan para nada el autoatentado específico contra la subjetividad que implica vivir con un teléfono en la mano.

En todo esto pensé cuando mi amigo Gino Cingolani me comentó, en el episodio de Algo Prestado que salió ayer, que la empresa Meta estaba preparando unas restricciones duras para el uso de redes sociales por parte de menores de edad, a partir de un arreglo judicial al que llegó con un grupo de abogados estadounidenses en relación a las consecuencias negativas que el uso de redes sociales tiene en niños, niñas y adolescentes. A partir de este arreglo, Meta se compromete a que, al menos en territorio estadounidense, las cuentas asociadas a menores de edad no podrán usar redes sociales por más de dos horas por día. También tendrán vedado el acceso a las plataformas en horario nocturno, y no podrán recibir notificaciones en el horario escolar. Decimos que estas son “restricciones duras” porque estarán incorporadas a los servidores de Meta.

Gino, que tiene una sensibilidad formada en la época de Napster y la idea de que la educación nos hará libres, no miraba con tan buenos ojos la idea de una prohibición. Le parecía más importante la otra parte del resultado de este proceso legal: la obligación de poner a disposición de padres y docentes materiales para trabajar los límites en el uso de redes sociales, tanto a la hora de exponerse como a la de pensar en qué significa un consumo moderado y responsable. Yo no creo haber perdido la fe en la educación, aunque años de moverme en el mundo de las capacitaciones feministas me hayan hecho repensar sus límites y aceptar que no todos los problemas pueden reducirse a problemas educativos. Lo que pienso, en todo caso, es que prohibir es efectivamente una parte de educar; en el fondo, es una herramienta como cualquier otra. Y el problema del uso de redes sociales es el mismo que el de cualquier tema de conducta social: es un problema de acción colectiva. Nuestros padres nos preguntaban, cuando decíamos que habíamos hecho x cosa porque Menganito la había hecho, si nos tiraríamos por la ventana en caso de que a Menganito se le ocurriera tirarse por la ventana; pero la verdad es que si todos nuestros compañeros de clase se tiran por la ventana, son pocos los padres y madres que tienen tanta fuerza de voluntad como para impedir que uno lo haga. En ese sentido, la prohibición dura, la que no depende del resto del curso ni de la cantidad de energía que les quede a los padres al final del día, no tiene nada que ver, en mi humilde opinión, con “evitar el problema”. Se trata, finalmente, de darles a los padres y las escuelas una herramienta más en una lucha que hoy es demasiado desigual.

La niñez es el único vínculo mayoritario con las instituciones que les queda a las mayorías de casi todas las clases sociales. Todos cuestionan a la escuela, pero en general los chicos siguen yendo. Está difícil el tema, justamente porque la escuela sigue siendo una institución, y se lleva muy mal con el cada vez más popular ethos libertario de individuos que se creen por encima o por fuera de las reglas que aplican a todos. La victoria contra Meta, y la aceptación de que el problema no es personal ni individual sino colectivo e institucional, es una pequeña esperanza para los que creemos que este hiperindividualismo de niños índigo es inconducente y destructivo. Pero mi esperanza es incluso un poco mayor: creo, como dije al principio, que todas las ansiedades que manifestamos sobre los niños son en el fondo ansiedades sobre nuestra propia orfandad. Nosotros también queremos que nos prohíban internet. Nosotros también, en el fondo, queremos que nos cuiden; esa conciencia es el germen, quizás, de una ética antiética que se está chocando con sus propias limitaciones.

TT/MG