“Odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y sin embargo sigo jugando porque no tengo alternativa”. Con estas palabras, el tenista Andre Agassi describía en sus memorias (Open) la paradoja de la presión psicológica: el abismo entre lo que uno desea y lo que en realidad hace. Él, como después la gimnasta Simone Biles -que renunció a defender su título olímpico- y, más recientemente, Carlos Alcaraz, Lamine Yamal o Rosalía, forman parte de una generación de talentos precoces que, antes de los 25 años, alcanzan la élite mundial.