En Larrea 389, entre Corrientes y Sarmiento, donde el barrio Once respira telas, apuros y voces superpuestas, vivía Sarah con su madre Regina y sus hermanas. El departamento tenía techos altos y pasillos largos, de esos que amplifican los pasos y guardan ecos antiguos. Olía a cera de piso recién lustrado, a sopa de lentejas que hervía desde temprano y, en ciertos atardeceres, a un silencio espeso que parecía quedarse a dormir.