La voz ahora rasposa atraviesa el aire en una estremecedora sintonía dulce y afilada: “Soy invencible como el duelo”, es lo primero que se escucha cantar a Beth Orton en la pieza que abre y da nombre a su octavo disco, The Ground Above, lanzado a comienzos del mes pasado. Un trabajo que a sus cincuenta y cinco la descubre en plena gracia y confianza en sus poderes, y que reafirmó su lugar como una de las voces más relevantes de la escena contemporánea británica. Todo en un camino que comenzó hace treinta años entre los dolores de una enfermedad sin cura que la persigue desde entonces y de una larga serie de muertes cercanas que vivió desde la niñez hasta hace apenas unos años. “No escribo sobre lo que conozco, de alguna manera descubro lo que conozco mientras escribo”, contó a The Guardian. “No vas a consultar a una adivina para que te diga lo que ya sabés. Vas para que te diga lo desconocido. Y eso me sigue pareciendo hermoso”.